martes, 13 de agosto de 2013

La tierra de los hijos

Un amigo acaba de colgar en mi muro de Facebook un artículo que resume las cinco maneras más vergonzosas en que EEUU lidera al mundo: en obesidad, los gastos en salud y en el parto, uso energético per cápita y los gastos en defensa. Este amigo y todos mis amigos saben que yo soy el primero en reconocer todo lo que puede tener de malo del país en el que he residido la mitad de mi vida, sobre todo si se trata de la política exterior del gobierno. Por cierto, el mismo poco trabajo me cuesta reconocer los defectos del país en que nací.

No obstante, a veces tengo que corregir a gente que habla de un país que realmente no conoce. Y lo curioso es que la gente más vehemente a la hora de opinar sobre la sociedad estadounidense es la que jamás ha puesto un pie aquí. Otros me preguntan incrédulos qué hago yo viviendo en el Imperio desde hace veintidós años, siendo de una ciudad tan bonita como Segovia y "con lo bien que se vive en España". Yo mismo me lo he preguntado más de una vez y la respuesta no es fácil, pero creo que sí ha habido factores influyentes. Uno de ellos tiene que ver con la situación en que se encontraba España en esa época (les sonará familiar): cuando yo salí, también teníamos un 25 por ciento de la población activa en paro. En contraste, en Estados Unidos no había prácticamente paro en mi campo ni en muchos otros, por lo que las expectativas laborales eran infinitamente mejores.

Pero hay más. Recuerdo mi estado de shock por aquel año de 1991 cuando al ir a sacar un libro en la biblioteca de la Universidad de Georgia, me dijo la bibliotecaria, con toda naturalidad, que podía sacar todos los que quisiera y por un plazo mucho más largo del que yo estaba acostumbrado. En la Complutense de entonces solo me permitían sacar uno y cuando lo devolvía e intentaba volver a sacarlo a la siguiente semana, muchas veces el libro había desaparecido misteriosamente. En contraste con mi experiencia universitaria en Madrid (mejor no entrar en mucho detalle…), en Athens (Georgia) mis profesores me invitaban amablemente a charlar en sus horas de oficina y todos ellos sabían mi nombre. Me sorprendió también ver cómo todos los años había exalumnos que hacían ingentes donaciones a la universidad en agradecimiento por todo lo que ésta les había dado en su juventud. En realidad, es posible que sea precisamente la experiencia universitaria a ambos lados del Atlántico lo que me animara que vivir aquí.

Por otro lado, aunque mi experiencia, sin duda, ha sido muy diferente de las de los inmigrantes indocumentados y las de los braceros que vienen a trabajar en el campo, lo cierto es que en numerosas ocasiones a lo largo de mi carrera un grupo de colegas norteamericanos me ha elegido (y sin tener enchufe ninguno) para un trabajo que podría haber hecho perfectamente un compatriota suyo. Recuerdo, por contrapartida, cómo en mis tiempos de universitario, mis profesores ingleses en la Complutense no paraban de quejarse de que les pagaban menos que a los nacionales; estoy seguro de que esas cosas ya no ocurren en España, pero en los años 80, así era. En otras palabras, sería sumamente ingrato no reconocer lo bien que se me ha tratado casi siempre en este país.

Hay muchas otras razones, claro. Una de ellas es que aquí, en Estados Unidos, conocí a la que ahora es mi esposa. Y me di cuenta de otra leyendo al peruano Fernando Iwasaki, quien, en su libro El descubrimiento de España (1995), afirma ingeniosamente: "Cada vez que me preguntan si he dejado de ser peruano, siempre respondo que si la 'patria' es la 'tierra de los padres,' la 'tierra de los hijos' todavía carece de sustantivo y acaso sea más esencial y entrañable que la otra. ¿Debo hacer hincapié en que España es la tierra de mis hijos?". California y Estados Unidos son la tierra de mi hija Sofía. Creo que no hace falta decir nada más. Muchos años antes de leer a Iwasaki, un sentimiento similar me llevó a escribir este poemita:

AMÉRICA, TERRA ALENA 

Te doy gracias
y no por enseñarme
a ver mi tierra,
ni a hallarla en otros aires,
sino por desvelarme
que en todos los rincones
del planeta
hay un exilio.

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