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viernes, 5 de marzo de 2021
viernes, 11 de noviembre de 2011
EL TAXISTA DE BELÉN
Ignacio López-Calvo

Aquel taxista de Belén nos había tratado como reyes. Fue más guía que taxista, explicándonos de manera tolerante y racional cuáles eran los acuciantes problemas en los territorios palestinos y por qué había tanto resentimiento mutuo entre árabes e israelíes. Conocía muy bien la historia local. Nos mostró el castillo de Herodes y la red que los mercaderes de Hebrón habían tenido que poner encima de sus tiendas para que no les cayera encima toda la basura que les echaban los colonos judíos. Con él pudimos ver las burlas que les hacían también los colonos judíos desde la otra ventana que daba a la tumba de Isaac.
Antes no tenían acceso a ella más que los palestinos, nos explicó, pero tras la bomba que pusieron unos colonos extremistas, el gobierno israelí decidió abrirles un acceso también a ellos. Se quejaba, sin mucho rencor, de cómo el ejército israelí les había cortado el acceso al desierto a los beduinos, de cómo los colonos se habían quedado con todo el agua y los estaban asfixiando económicamente, pero todo lo decía sin alterarse ni levantar la voz; siempre conciliador, comprensivo. Tras mostrarnos los enormes, nuevos asentamientos de colonos judíos en Belén, nos llevó a un campo de refugiados y nos mostró un hotel que había sido abandonado apenas después de completarlo. Le dimos una buena propina y le invitamos a comer. Cuando ya nos despedíamos, no obstante, nos comentó, como quien no quiere la cosa, que el ídolo de su hijo menor era Hitler.

Aquel taxista de Belén nos había tratado como reyes. Fue más guía que taxista, explicándonos de manera tolerante y racional cuáles eran los acuciantes problemas en los territorios palestinos y por qué había tanto resentimiento mutuo entre árabes e israelíes. Conocía muy bien la historia local. Nos mostró el castillo de Herodes y la red que los mercaderes de Hebrón habían tenido que poner encima de sus tiendas para que no les cayera encima toda la basura que les echaban los colonos judíos. Con él pudimos ver las burlas que les hacían también los colonos judíos desde la otra ventana que daba a la tumba de Isaac.

Antes no tenían acceso a ella más que los palestinos, nos explicó, pero tras la bomba que pusieron unos colonos extremistas, el gobierno israelí decidió abrirles un acceso también a ellos. Se quejaba, sin mucho rencor, de cómo el ejército israelí les había cortado el acceso al desierto a los beduinos, de cómo los colonos se habían quedado con todo el agua y los estaban asfixiando económicamente, pero todo lo decía sin alterarse ni levantar la voz; siempre conciliador, comprensivo. Tras mostrarnos los enormes, nuevos asentamientos de colonos judíos en Belén, nos llevó a un campo de refugiados y nos mostró un hotel que había sido abandonado apenas después de completarlo. Le dimos una buena propina y le invitamos a comer. Cuando ya nos despedíamos, no obstante, nos comentó, como quien no quiere la cosa, que el ídolo de su hijo menor era Hitler.
*U.S. copyright law prohibits reproduction of the articles on this site "for any purpose other than private study, scholarship, or research" (see Title 17, US Code for details). If you would like to copy or reprint these articles for other purposes, please contact the publisher to secure permission.
domingo, 14 de agosto de 2011
EL MILAGRO DE EL PARRAL
Ignacio López-Calvo

Contra todo pronóstico, había conseguido convencer a los últimos frailes jerónimos que quedaban en el mundo, los del monasterio de El Parral en Segovia, de que le dejaran recluirse en una de sus celdas para preparar exámenes.
“Este monasterio sólo recibe visitas de gente que viene a orar; no a estudiar”, insistió en un principio el abad. Pero, de alguna manera, consiguió convencerlo. Su sobriedad había cedido, limitándose a informarle de que al final de su estancia, podía dar una donación voluntaria.
Entre los cantos gregorianos, el voto de silencio de seis días a la semana, las reuniones en el círculo del Espíritu Santo en el jardín y las miradas furtivas de los frailes, ya había visto varias cosas extrañas durante su estancia en el monasterio, incluidas las violentas amenazas de otro de los huéspedes, quien parecía haber perdido el juicio. Pero ninguna de esas cosas lo fue tanto como la habilidad que tenía uno de los hermanos para saber la hora exacta en que debía levantarse a prender la luz tras la meditación colectiva. Supuso que los muchos años de práctica lo habían adiestrado a medir el tiempo hasta las décimas de segundo: el anciano siempre se levantaba en silencio a la hora exacta, se dirigía muy serio a la puerta y daba la luz, pero nadie parecía mostrar sorpresa por ese don aparentemente milagroso.
Llegado el último día de su estancia en el monasterio, decidió sentarse en otro banco más cercano y observarlo detenidamente. Esperó ansioso a que pasaran los minutos uno a uno. En realidad, ésta la única actividad que se le hacía pesada y realmente aburrida. No oraba nunca; se limitaba a observarlos con el rabillo del ojo, mientras cada uno de ellos buceaba en su mística personal. Pasada la hora de oración en silencio, que esta vez le pareció al estudiante una verdadera eternidad, el fraile se levantó disimuladamente la manga del hábito, miró su reloj de pulsera y procedió, lentamente como siempre, a cumplir con su deber.

Contra todo pronóstico, había conseguido convencer a los últimos frailes jerónimos que quedaban en el mundo, los del monasterio de El Parral en Segovia, de que le dejaran recluirse en una de sus celdas para preparar exámenes.
“Este monasterio sólo recibe visitas de gente que viene a orar; no a estudiar”, insistió en un principio el abad. Pero, de alguna manera, consiguió convencerlo. Su sobriedad había cedido, limitándose a informarle de que al final de su estancia, podía dar una donación voluntaria.
Entre los cantos gregorianos, el voto de silencio de seis días a la semana, las reuniones en el círculo del Espíritu Santo en el jardín y las miradas furtivas de los frailes, ya había visto varias cosas extrañas durante su estancia en el monasterio, incluidas las violentas amenazas de otro de los huéspedes, quien parecía haber perdido el juicio. Pero ninguna de esas cosas lo fue tanto como la habilidad que tenía uno de los hermanos para saber la hora exacta en que debía levantarse a prender la luz tras la meditación colectiva. Supuso que los muchos años de práctica lo habían adiestrado a medir el tiempo hasta las décimas de segundo: el anciano siempre se levantaba en silencio a la hora exacta, se dirigía muy serio a la puerta y daba la luz, pero nadie parecía mostrar sorpresa por ese don aparentemente milagroso.
Llegado el último día de su estancia en el monasterio, decidió sentarse en otro banco más cercano y observarlo detenidamente. Esperó ansioso a que pasaran los minutos uno a uno. En realidad, ésta la única actividad que se le hacía pesada y realmente aburrida. No oraba nunca; se limitaba a observarlos con el rabillo del ojo, mientras cada uno de ellos buceaba en su mística personal. Pasada la hora de oración en silencio, que esta vez le pareció al estudiante una verdadera eternidad, el fraile se levantó disimuladamente la manga del hábito, miró su reloj de pulsera y procedió, lentamente como siempre, a cumplir con su deber.
*U.S. copyright law prohibits reproduction of the articles on this site "for any purpose other than private study, scholarship, or research" (see Title 17, US Code for details). If you would like to copy or reprint these articles for other purposes, please contact the publisher to secure permission.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Madinat Al-Hamra
Palabras clave: Alhambra, poema
Por Ignacio López-Calvo
Publicado en EntreRíos. Revista de Arte y Letras. 7-8 (Primavera-Verano 2008): 123
Respondí a vuestro asedio
con enjambres de piedra
acequia antigua,
y extraña filigrana
Fui manantial de olores
y sonidos de un moro
en su Albaicín

Fui arabesco león
que sueña con zegríes
y abencerrajes
Yo fui, en fin,
reina de un sueño muladí,
de un mundo “que pasó y no ha sido”
De espaldas a la historia,
mi tierra añora aún
la paz entre mis hijos
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Por Ignacio López-Calvo
Publicado en EntreRíos. Revista de Arte y Letras. 7-8 (Primavera-Verano 2008): 123
Respondí a vuestro asedio
con enjambres de piedra
acequia antigua,
y extraña filigrana
Fui manantial de olores
y sonidos de un moro
en su Albaicín

Fui arabesco león
que sueña con zegríes
y abencerrajes
Yo fui, en fin,
reina de un sueño muladí,
de un mundo “que pasó y no ha sido”
De espaldas a la historia,
mi tierra añora aún
la paz entre mis hijos
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lunes, 17 de noviembre de 2008
Las sirenas del castigo (1991-2004)
Por Ignacio López-Calvo
Publicado en Las sirenas del castigo. Buenos Aires: Dunken, 2005

PARA LA ALEGRÍA
Me golpeaban.
Ahora miro hacia atrás,
espanto algunas moscas
y bostezo
y me obligo a sonreír,
que ya llegaste, hija mía,
a bautizarme con tu vida.
DUDA
Empapado de silencios y vacío,
sostenía un pulso absurdo con la vida,
preguntándome si habría algo
más allá de mí.
Ahora tú me amparas,
niña mía,
con tus sueños.
ERGO SUM
Hurgando en las heridas
antes de que escampen los recuerdos,
miras a tu niña
y sabes que nada existe
sino ella.
TODO LO QUE HAY QUE SABER
Ahora que ya habías claudicado,
resulta que aparece ante ti
una carita recién nacida
y te enseña en un instante
todo lo que hay que saber.
REFUTACIÓN
Kierkegaard aseguraba que la vida no tenía sentido;
Heidegger decía que la vida no tenía justificación;
Nietzsche no entendía por qué estábamos aquí;
Sartre repitió que la situación humana
era ambigua y absurda
y que tratar de desentramar su sentido
era una pasión fútil,
pero entonces llegaste tú, hija mía,
y todas sus teorías cayeron por tierra.
ME DAS A LUZ
Me vas a renacer, hija,
cuando ya poco tenía sentido
en mi vida.
Cuando se me estaba acabando
la poesía
llegó tu antorcha a renovarme
con llama de risas,
de inocencia que todo lo sabe
pues sólo se sabe a sí misma,
de luz nueva como tu sangre,
como tu mirada, Sofía.
FOTO CON EL JEFE: TRES DÓLARES
La reserva.
La reserva india
de indios con plumas.
Reserva con McDonald's, Pizza Hut
y Pepsi sin reservas.
La reserva casi,
la reserva apenas.
Cherokee Land de gomaespuma.
Gran mofa de la historia y del orgullo.
El Gran Jefe sin tribu,
la gran tribu sin gloria,
la gloria del turista.
Tú, Gran Jefe.
Yo, Gran Turista.
TURISTA
País de mendigos
sin mirada,
que surgen ante ti
como una deuda
mientras comes.
AMÉRICA, TERRA ALENA
Te doy gracias
y no por enseñarme
a ver mi tierra,
ni a hallarla en otros aires,
sino por desvelarme
que en todos los rincones
del planeta
hay un exilio.
VERANO AMERICANO
Uno de eneeero,
dos de febreeeero,
tres de maaarzo,
cuatro de abriiil,
cinco de maaayo,
seis de juuunio,
cuatro de julio,
cuatro de julio,
cuatro de julio,
cuatro de julio...
CARTA ABIERTA A DANTE ALIGHIERI
Estimado señor:
Al descender
desde el quinto piso,
piso a piso,
de un estacionamiento
en el centro
de Los Ángeles,
doblando a la derecha,
doblando a la derecha,
en esa oscuridad
contaminada de progreso,
por primera vez
creo
en
el
Infierno.
PUNTAPIÉ
Contemplé la gloria
tentándome lasciva,
soplando coqueta
su aliento entre mis labios
y ardiendo obscenidades en mi oído.
Y por dudar de ella,
escapa el espejismo
acariciado
y se vuelve y me sonríe
con mueca de desprecio
y de victoria.
CALIFORNIA DREAMING
Voy a cantar el corrido
de un gran sueño,
cumplido a mi pesar.
Y voy a relatar
cómo llegué
a una ciudad que es,
en realidad,
una autopista con salidas
que prometen el éxit-o.
Les contaré
que escribo esto
en la cafetería
de la Universidad de California, Irvine
que estoy a punto de leer
una ponencia aburridísima
con más de tres líneas de título.
Y les diré, por último,
que tan sólo quedan
cinco minutos
y tengo que dejarles.
ME PONGO CÓMODO
Ya mastico el fracaso,
lo degusto,
me adapto a él,
me pongo cómodo.
Ya es parte de mí.
Me ha adoptado.
Me ha hecho su hijo,
su lazarillo,
su mensajero,
su puta.
IDA Y VUELTA
Un día de instantes
(sus lágrimas lo iban sabiendo mejor cada año)
volví a dar parte,
domado y roto,
descafeinado de vegetar
en el espanto y la desidia.
PUENTE DE TIJUANA
Suspiro de vergüenza
en el puente de Tijuana
con sus niñas mendigas,
guitarristas,
vendedoras de chicles
y de lástima.
WAVING GIRL
Saludas a los barcos en Savannah
y el pañuelo despliega tu tristeza.
No, la loca del puerto no está loca;
en bronce, espera. Sólo espera.
GÓNDOLAS EN EL DESIERTO
Escapo a los desiertos
huyendo de palmeras con smog
y llego a una venta
con señores que me arman caballero.
Escondo allí mis armas
del hedor a tragaperras,
pero oigo ladridos verduleros:
se vende decorado de desierto,
for sale, se vende Mojave,
borracho de palmeras importadas.
Allí reconozco a Eiffel prostituido,
a un gondolero afónico,
un reloj sin agujas,
un puente sin río,
un tren sin vía,
un reflejo,
un eco,
no.
ACUEDUCTO
Tú y yo vimos la luna en una espera
y el brillo de tus calles en la aurora
y el coro de campanas castellanas
y el humo en chimeneas madrugonas.
Contigo oí los silbos de dulzainas, tamboriles.
Contigo respiré los pinos, las espigas,
las resinas y las tejas, los caminos.
Me hiciste piedra tuya.
MI PATRIA
Mi patria
es la caja de los hilos
y el himno
lo tocaba el afilador.
Mi bandera es la bayeta
de secar los cacharros
o aquel hule de plástico
que se nos llevó el tiempo.
También hay héroes nacionales
(Patrito, que era el loco del pueblo)
y un baile folclórico
que inventó mi madre
para hacernos reír.
La lengua oficial
está aún por estudiar
y tiene voces que vienen del latín
como miserere
y otras como tete y nina,
pajón, potingue y milindris,
de más oscuro origen.
DALÍ
Amor y desparpajo.
Legado de recuerdos
y miradas
y voces transparentes.
Muletas que sustentan su pasado,
se devoran,
se nutren de las carnes
y de la vida del otro.
Amor y desparpajo.
Él le ordeña el seno
ya sin leche
y las hormigas
rodean sus silencios.
Tantos años juntos
que acabaron por comerse entre nostalgias.
AMANECER
Vencido ya,
regreso borracho de edificios,
un cigarrillo, un taxi, una maleta
y, de repente... tu sonrisa
LA ESPALDA
La espalda hacia el dolor
se oculta entre los velos de tu pelo
y la barbilla es cima sudorosa
de tu cuello. Crispas el ceño
entre las sábanas que muerdes.
Lentamente libero tus caderas de mis dedos
y espero a que tus brazos me descansen.
LATIDOS
Se viste el aire de templanza
y al descenso,
caen muros salpicados por el ritmo,
y muy sola y muy hueca
la ruta del gemido
se apremia a connotar
la vida de razón de ser vivida
y ensambla con el rito la locura.
ODA A LAS CADERAS
Gigantes de las calles,
ciudadanas,
ritmo del universo,
vosotras, arrogante
condena del hambriento,
paseáis por avenidas
mareadas;
laderas habitables,
paseáis la línea curva
enaltecida;
caderas de mujeres pasajeras,
gobernantes bienvenidas y eternas,
lanzadas a los aires;
liberadas caderas,
cientos de caderas de colores,
cientos de miles de caderas
invaden el vacío.
ORACIÓN Nº 33
Que el vuelo bandolero
de una nube guardiana de tu llanto
bautice mi dolor.
Que llueva en abundancia y el rocío
perfume con tu aroma mi cansancio.
Que el eco de tus risas poderoso
retumbe entre mis venas y silencie
el ruido del despegue que me aleja.
SIN VERBO ORIGINAL
Me arrimo a tu regazo
decidido a raparme de ideas la cabeza,
sin verbo original y sin presentes,
tan sólo mi vacío y mi deseo
de reírme del mundo entre tus muslos.
UNA LLUVIA DE CIELOS EN LA BOCA
Eres, Tonya,
una lluvia de cielos
en la boca.
Eres tu llanto, eres tu risa,
eres mujer.
ESTÁS EN LAS ESPIGAS
Estás en las espigas
que forman las arrugas del anciano.
Habitas en el llanto de los niños,
en las brisas y pinares de mi tierra.
Te veo en las mareas
y en las aguas olvidadas de algún puerto.
Te escucho en el latido del silencio
y en los surcos atrapados de deseo.
Te tengo entre mis labios
cuando bebo.
Te alcanzo a respirar cuando me queman
las espuelas del tiempo en aguaceros.
Te sudo en las secuelas del hastío y del veneno.
Me tienes en tu aliento.
MARIPOSAS
Llegó corrupta y sucia
su voz espeluznante
de mueca desdentada.
Dijo que no temiera
por mi vida,
que no era a mí
a quien buscaba.
Le arranqué la guadaña
sin pensarlo
y escapó.
Aquí la tengo
junto a la cabecera
de mi cama
esperando su regreso:
voy a arrojar mariposas en su alma.
INSTANTE ETERNO
Esa antesala de la muerte
me revela las fauces del instinto
en la boca del alma.
Hay algo de diosa y de fiera
en la senda iluminada de tu cuerpo.
LA PRÓXIMA CARICIA
Sudas.
El lienzo de tu vientre
adivina la próxima caricia.
Soy.
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Publicado en Las sirenas del castigo. Buenos Aires: Dunken, 2005

A Tonya, mi esposa, mi mejor amiga y mi musa
ARTE POÉTICA
Me enfrento al papel con cobardía,
con cara de poeta enamorado o de suicida
me lamento y lo lleno de mentiras;
lo arrojo sin piedad a la basura.
A PESAR DE MÍ
Para inventarme, también sería importante
una lavandería ruidosa y sucia,
ojeras y resaca y mal sabor de boca.
Habrías de investigar entre mi ropa sucia,
preguntarle a otro.
Para inventarme... un momento:
la ropa está ya seca. ¿Por dónde íbamos...?
Para inventarme, nada como quemar todo lo escrito
y empezar desde la nada.
Nada como unos versos de lavandería.
ATARAXIA
Hierve el mundo allí fuera,
se cuecen los suicidios,
y yo, cansado de ponerle tantas velas a nadie,
y de rezarles a las moscas,
me vuelvo hacia el centro de mi alma,
y siento una tortura placentera
que viene a recordarme
que no me quedan uñas ni nada que morderme
CINCO MINUTOS
Las once menos diez.
Celda mental.
La ausencia,
callada tras el biombo
ORACIÓN Nº 32
TODAS LAS COSTRAS
Río de insultos es mi sangre
que se muere de ganas de romper
todas las costras.
SEDEN UNA FUENTE SECA
AL PASAR LA BARCA
Al pasar la barca me dijo el barquero:
escupe al grito ahogado de los flojos
y muerde el labio hermoso de la vida.
Resopla hacia tus velas desgajadas
y boga lentamente hacia otros puertos.
LOS DÍAS DE LUCHA
Si al final del camino
encuentras paz
no te engañes:
extrañarás el vértigo
de los días de lucha.
La sombra del retiro
nos carcome.LAMENTACIONES
Tras leer unas páginas
de Salinger
vacié el cargador, enaltecido,
en el cuerpo delgado
de John Lennon
y estallé por los aires
sintiendo que aspiraba
aromas divinos
en la más concurrida
parada de autobús
de Tel Aviv
y le disparé un tiro al Papa
en la más hermosa mañana
de Roma
y después fallé,
inexplicablemente,
con Ronald Reagan,
pero asesiné a Ghandi
mirándole a los ojos sorprendidos
y a Martin Luther King
y a unos cuantos
hermanos Kennedy
y a otros cuantos culpables
en Nueva York y en Madrid.
Fue todo por la causa.

RECUERDOS FUTUROS
Cómo te puedo extrañar tanto,
hija mía,
si aún no has nacido.
Cómo temer que te peguen en la escuela,
hija mía,
sin que hayas visto la luz.
Y cómo desvelarme
por las drogas o los coches,
hija mía,
si ni tan siquiera
te hemos engendrado.
ÍNDICE
1. EL MUÑÓN
2. CARTA ABIERTA A CHARLES BAUDELAIRE
3. ARTE POÉTICA
4. A PESAR DE MÍ
5. ATARAXIA
6. CINCO MINUTOS
7. ORACIÓN Nº 32
8. HUECOS
9. TODAS LAS COSTRAS
10. SED EN UNA FUENTE SECA
11. AL PASAR LA BARCA
12. LOS DÍAS DE LUCHA
13. VIGILIA
14. LAMENTACIONES
15. BIBLIOTECA (Homenaje al ciego)
16. CARTA AL TERRORISTA
17. LA CAUSA
18. OLD RIP
19. RECUERDOS FUTUROS
20. SOFÍA
21. PARA LA ALEGRÍA
22. DUDA
23. ERGO SUM
24. TODO LO QUE HAY QUE SABER
25. REFUTACIÓN
26. ME DAS A LUZ
27. FOTO CON EL JEFE: TRES DÓLARES
28. TURISTA
29. AMÉRICA, TERRA ALENA
30. VERANO AMERICANO
31. CARTA ABIERTA A DANTE ALIGHIERI
32. PUNTAPIÉ
33. CALIFORNIA DREAMING
34. ME PONGO CÓMODO
35. IDA Y VUELTA
36. PUENTE DE TIJUANA
37. WAVING GIRL
38. GÓNDOLAS EN EL DESIERTO
39. ACUEDUCTO
40. MI PATRIA
41. DALÍ
42. AMANECER
43. LA ESPALDA
44. LATIDOS
45. ODA A LAS CADERAS
46. ORACIÓN Nº 33
47. SIN VERBO ORIGINAL
48. UNA LLUVIA DE CIELOS EN LA BOCA
49. ESTÁS EN LAS ESPIGAS
50. MARIPOSAS
51. INSTANTE ETERNO
52. LA PRÓXIMA CARICIA
EL MUÑÓN
Yo padezco la ira de un castrado
porque empuño la espada al rojo vivo,
la esgrimo, intento herir y nunca acierto.
Yo deploro mis alas de gallina
postradas a la gracia del albatros.
Yo pretendo la vista del poeta;
luego, apunto, disparo
y la saeta yerra su destino.
He heredado la mano del escriba
En una alberca, ansioso
busco el ala del ángel ...y la encuentro
Doy gracias, y después termina el gozo
pues llora ante el muñón que la acompaña
CARTA ABIERTA A CHARLES BAUDELAIRE
Estimado maestro: como a hermano mayor
quiero comunicarle mi oculto deseo:
blasfemar con usted. Como imaginará
a mi pobre nariz no llegan los perfumes
de exóticos cabellos; quisiera, pues, Albatros,
confesarle mi culpa: cada vez que me elevo
por sus versos amargos, duele más la caída
a mis limitaciones. Présteme, entoces, francés
sus alas de arcángel tan sólo por un día
1. EL MUÑÓN
2. CARTA ABIERTA A CHARLES BAUDELAIRE
3. ARTE POÉTICA
4. A PESAR DE MÍ
5. ATARAXIA
6. CINCO MINUTOS
7. ORACIÓN Nº 32
8. HUECOS
9. TODAS LAS COSTRAS
10. SED EN UNA FUENTE SECA
11. AL PASAR LA BARCA
12. LOS DÍAS DE LUCHA
13. VIGILIA
14. LAMENTACIONES
15. BIBLIOTECA (Homenaje al ciego)
16. CARTA AL TERRORISTA
17. LA CAUSA
18. OLD RIP
19. RECUERDOS FUTUROS
20. SOFÍA
21. PARA LA ALEGRÍA
22. DUDA
23. ERGO SUM
24. TODO LO QUE HAY QUE SABER
25. REFUTACIÓN
26. ME DAS A LUZ
27. FOTO CON EL JEFE: TRES DÓLARES
28. TURISTA
29. AMÉRICA, TERRA ALENA
30. VERANO AMERICANO
31. CARTA ABIERTA A DANTE ALIGHIERI
32. PUNTAPIÉ
33. CALIFORNIA DREAMING
34. ME PONGO CÓMODO
35. IDA Y VUELTA
36. PUENTE DE TIJUANA
37. WAVING GIRL
38. GÓNDOLAS EN EL DESIERTO
39. ACUEDUCTO
40. MI PATRIA
41. DALÍ
42. AMANECER
43. LA ESPALDA
44. LATIDOS
45. ODA A LAS CADERAS
46. ORACIÓN Nº 33
47. SIN VERBO ORIGINAL
48. UNA LLUVIA DE CIELOS EN LA BOCA
49. ESTÁS EN LAS ESPIGAS
50. MARIPOSAS
51. INSTANTE ETERNO
52. LA PRÓXIMA CARICIA
EL MUÑÓN
Yo padezco la ira de un castrado
porque empuño la espada al rojo vivo,
la esgrimo, intento herir y nunca acierto.
Yo deploro mis alas de gallina
postradas a la gracia del albatros.
Yo pretendo la vista del poeta;
luego, apunto, disparo
y la saeta yerra su destino.
He heredado la mano del escriba
En una alberca, ansioso
busco el ala del ángel ...y la encuentro
Doy gracias, y después termina el gozo
pues llora ante el muñón que la acompaña
CARTA ABIERTA A CHARLES BAUDELAIRE
Estimado maestro: como a hermano mayor
quiero comunicarle mi oculto deseo:
blasfemar con usted. Como imaginará
a mi pobre nariz no llegan los perfumes
de exóticos cabellos; quisiera, pues, Albatros,
confesarle mi culpa: cada vez que me elevo
por sus versos amargos, duele más la caída
a mis limitaciones. Présteme, entoces, francés
sus alas de arcángel tan sólo por un día
ARTE POÉTICA
Me enfrento al papel con cobardía,
con cara de poeta enamorado o de suicida
me lamento y lo lleno de mentiras;
lo arrojo sin piedad a la basura.
A PESAR DE MÍ
Para inventarme, también sería importante
una lavandería ruidosa y sucia,
ojeras y resaca y mal sabor de boca.
Habrías de investigar entre mi ropa sucia,
preguntarle a otro.
Para inventarme... un momento:
la ropa está ya seca. ¿Por dónde íbamos...?
Para inventarme, nada como quemar todo lo escrito
y empezar desde la nada.
Nada como unos versos de lavandería.
ATARAXIA
Hierve el mundo allí fuera,
se cuecen los suicidios,
y yo, cansado de ponerle tantas velas a nadie,
y de rezarles a las moscas,
me vuelvo hacia el centro de mi alma,
y siento una tortura placentera
que viene a recordarme
que no me quedan uñas ni nada que morderme
CINCO MINUTOS
Las once menos diez.

Celda mental.
La ausencia,
callada tras el biombo
imbécil del olvido,
me escupe con sus roces
postizos en mi celda.
Las once menos cinco.
ORACIÓN Nº 32
Quién hablara el lenguaje ciego de los místicos
para quitarse de encima
esa condena que es pensar.
HUECOS
He venido a susurrarte
cómo se ganan las batallas
y a enseñarte a hallar la fórmula
mientras limpias letrinas.
para quitarse de encima
esa condena que es pensar.
HUECOS
He venido a susurrarte
cómo se ganan las batallas
y a enseñarte a hallar la fórmula
mientras limpias letrinas.
TODAS LAS COSTRAS
Río de insultos es mi sangre
que se muere de ganas de romper
todas las costras.
SEDEN UNA FUENTE SECA
Tus labios entreabiertos,
tus muslos
en esa fuente sucia y seca.
Cuando amanecen tus caderas
entre sueño y delirio,
sorprendentes,
antes que el alba nos detenga,
de repente,
las cucarachas brotan de tu pelo.
tus muslos
en esa fuente sucia y seca.
Cuando amanecen tus caderas
entre sueño y delirio,
sorprendentes,
antes que el alba nos detenga,
de repente,
las cucarachas brotan de tu pelo.
AL PASAR LA BARCA
Al pasar la barca me dijo el barquero:
escupe al grito ahogado de los flojos
y muerde el labio hermoso de la vida.
Resopla hacia tus velas desgajadas
y boga lentamente hacia otros puertos.
LOS DÍAS DE LUCHA
Si al final del camino
encuentras paz
no te engañes:
extrañarás el vértigo
de los días de lucha.
La sombra del retiro
nos carcome.
Lamento no poder lamentarme
de no haber disfrutado de la oportunidad
de conseguir mis sueños.
BIBLIOTECA (Homenaje al ciego)
Concédeme la voz,
tú que albergas en tus tripas
las calderas de la luz.
Refugio de sabios y blasfemos,
sedúceme sin más con tus caderas
y clávame tus uñas mientras abres
tus labios de papel para mi lengua.
CARTA AL TERRORISTA

Hasta que nunca más vuelva a llover
por esas tierras,
ni los pájaros canten de alegría,
hasta que el mar te cubra con deshielos
y el último barril de vino se avinagre,
la pierna de esa niña, destrozada,
navega en tu conciencia.
LA CAUSAde no haber disfrutado de la oportunidad
de conseguir mis sueños.
BIBLIOTECA (Homenaje al ciego)
Concédeme la voz,

tú que albergas en tus tripas
las calderas de la luz.
Refugio de sabios y blasfemos,
sedúceme sin más con tus caderas
y clávame tus uñas mientras abres
tus labios de papel para mi lengua.
CARTA AL TERRORISTA

Hasta que nunca más vuelva a llover
por esas tierras,
ni los pájaros canten de alegría,
hasta que el mar te cubra con deshielos
y el último barril de vino se avinagre,
la pierna de esa niña, destrozada,
navega en tu conciencia.
Tras leer unas páginas
de Salinger
vacié el cargador, enaltecido,
en el cuerpo delgado
de John Lennon
y estallé por los aires
sintiendo que aspiraba
aromas divinos
en la más concurrida
parada de autobús
de Tel Aviv
y le disparé un tiro al Papa
en la más hermosa mañana
de Roma
y después fallé,
inexplicablemente,
con Ronald Reagan,
pero asesiné a Ghandi
mirándole a los ojos sorprendidos
y a Martin Luther King
y a unos cuantos
hermanos Kennedy
y a otros cuantos culpables
en Nueva York y en Madrid.
Fue todo por la causa.
OLD RIP (1897-1929)
Después de treinta y dos años,
toda una vida,
emparedado junto a una Biblia,
viviendo “pacíficamente”, dicen,
en la piedra angular
del nuevo juzgado de Eastland, Tejas,
Old Rip, horned toad, lagarto cornudo,
te desenterraron, vivito y coleando,
eso sí, lleno de polvo,
el 28 de febrero de 1928
ante tres mil atónitas personas
al destruir el local para construir otro nuevo,
sólo para morir al año siguiente,
enfermo de pulmonía,
el 19 de junio de 1929,
tras haber hecho una gira por el país
y visitado al Presidente Coolidge en Washington.
En tu entierro,
entre mofas y respeto,
desfilaron coches fúnebres.
Y allí sigues hoy,
expuesto en la vitrina del juzgado,
tan serio, tan formal, tan embalsamado,
en tu lujoso ataúd de terciopelo rojo
hecho a medida.
Después de treinta y dos años,
toda una vida,
emparedado junto a una Biblia,
viviendo “pacíficamente”, dicen,
en la piedra angular
del nuevo juzgado de Eastland, Tejas,
Old Rip, horned toad, lagarto cornudo,
te desenterraron, vivito y coleando,
eso sí, lleno de polvo,
el 28 de febrero de 1928
ante tres mil atónitas personas
al destruir el local para construir otro nuevo,
sólo para morir al año siguiente,
enfermo de pulmonía,
el 19 de junio de 1929,
tras haber hecho una gira por el país
y visitado al Presidente Coolidge en Washington.
En tu entierro,
entre mofas y respeto,
desfilaron coches fúnebres.
Y allí sigues hoy,
expuesto en la vitrina del juzgado,
tan serio, tan formal, tan embalsamado,
en tu lujoso ataúd de terciopelo rojo
hecho a medida.

RECUERDOS FUTUROS
Cómo te puedo extrañar tanto,hija mía,
si aún no has nacido.
Cómo temer que te peguen en la escuela,
hija mía,
sin que hayas visto la luz.
Y cómo desvelarme
por las drogas o los coches,
hija mía,
si ni tan siquiera
te hemos engendrado.
PARA LA ALEGRÍAMe golpeaban.
Ahora miro hacia atrás,
espanto algunas moscas
y bostezo
y me obligo a sonreír,
que ya llegaste, hija mía,
a bautizarme con tu vida.
DUDA
Empapado de silencios y vacío,
sostenía un pulso absurdo con la vida,
preguntándome si habría algo
más allá de mí.
Ahora tú me amparas,
niña mía,
con tus sueños.
ERGO SUM
Hurgando en las heridas
antes de que escampen los recuerdos,
miras a tu niña
y sabes que nada existe
sino ella.
TODO LO QUE HAY QUE SABER
Ahora que ya habías claudicado,
resulta que aparece ante ti
una carita recién nacida
y te enseña en un instante
todo lo que hay que saber.
REFUTACIÓN
Kierkegaard aseguraba que la vida no tenía sentido;
Heidegger decía que la vida no tenía justificación;
Nietzsche no entendía por qué estábamos aquí;
Sartre repitió que la situación humana

era ambigua y absurda
y que tratar de desentramar su sentido
era una pasión fútil,
pero entonces llegaste tú, hija mía,
y todas sus teorías cayeron por tierra.
ME DAS A LUZ
Me vas a renacer, hija,
cuando ya poco tenía sentido
en mi vida.
Cuando se me estaba acabando
la poesía
llegó tu antorcha a renovarme
con llama de risas,
de inocencia que todo lo sabe
pues sólo se sabe a sí misma,
de luz nueva como tu sangre,
como tu mirada, Sofía.
FOTO CON EL JEFE: TRES DÓLARES
La reserva.
La reserva india
de indios con plumas.
Reserva con McDonald's, Pizza Hut
y Pepsi sin reservas.
La reserva casi,
la reserva apenas.
Cherokee Land de gomaespuma.
Gran mofa de la historia y del orgullo.
El Gran Jefe sin tribu,
la gran tribu sin gloria,la gloria del turista.
Tú, Gran Jefe.
Yo, Gran Turista.
TURISTA
País de mendigos
sin mirada,
que surgen ante ti
como una deuda
mientras comes.
AMÉRICA, TERRA ALENA
Te doy gracias
y no por enseñarme
a ver mi tierra,
ni a hallarla en otros aires,
sino por desvelarme
que en todos los rincones
del planeta
hay un exilio.
VERANO AMERICANO
Uno de eneeero,
dos de febreeeero,
tres de maaarzo,
cuatro de abriiil,
cinco de maaayo,
seis de juuunio,
cuatro de julio,
cuatro de julio,
cuatro de julio,
cuatro de julio...
CARTA ABIERTA A DANTE ALIGHIERI
Estimado señor:
Al descender
desde el quinto piso,
piso a piso,
de un estacionamiento
en el centro

de Los Ángeles,
doblando a la derecha,
doblando a la derecha,
en esa oscuridad
contaminada de progreso,
por primera vez
creo
en
el
Infierno.
PUNTAPIÉ
Contemplé la gloria
tentándome lasciva,
soplando coqueta
su aliento entre mis labios
y ardiendo obscenidades en mi oído.
Y por dudar de ella,
escapa el espejismo
acariciado
y se vuelve y me sonríe
con mueca de desprecio
y de victoria.
CALIFORNIA DREAMING
Voy a cantar el corrido
de un gran sueño,
cumplido a mi pesar.
Y voy a relatar
cómo llegué
a una ciudad que es,
en realidad,
una autopista con salidas
que prometen el éxit-o.
Les contaré
que escribo esto
en la cafetería
de la Universidad de California, Irvine
que estoy a punto de leer
una ponencia aburridísima
con más de tres líneas de título.
Y les diré, por último,
que tan sólo quedan
cinco minutos
y tengo que dejarles.
ME PONGO CÓMODO
Ya mastico el fracaso,
lo degusto,
me adapto a él,
me pongo cómodo.
Ya es parte de mí.
Me ha adoptado.
Me ha hecho su hijo,
su lazarillo,
su mensajero,
su puta.
IDA Y VUELTA
Un día de instantes
(sus lágrimas lo iban sabiendo mejor cada año)
volví a dar parte,
domado y roto,
descafeinado de vegetar
en el espanto y la desidia.
PUENTE DE TIJUANA
Suspiro de vergüenza
en el puente de Tijuana
con sus niñas mendigas,
guitarristas,
vendedoras de chicles
y de lástima.
WAVING GIRL

Saludas a los barcos en Savannah
y el pañuelo despliega tu tristeza.
No, la loca del puerto no está loca;
en bronce, espera. Sólo espera.
GÓNDOLAS EN EL DESIERTO
Escapo a los desiertos

huyendo de palmeras con smog
y llego a una venta
con señores que me arman caballero.
Escondo allí mis armas
del hedor a tragaperras,
pero oigo ladridos verduleros:
se vende decorado de desierto,
for sale, se vende Mojave,
borracho de palmeras importadas.
Allí reconozco a Eiffel prostituido,
a un gondolero afónico,
un reloj sin agujas,
un puente sin río,
un tren sin vía,
un reflejo,
un eco,
no.
ACUEDUCTO
Tú y yo vimos la luna en una espera

y el brillo de tus calles en la aurora
y el coro de campanas castellanas
y el humo en chimeneas madrugonas.
Contigo oí los silbos de dulzainas, tamboriles.
Contigo respiré los pinos, las espigas,
las resinas y las tejas, los caminos.
Me hiciste piedra tuya.
MI PATRIA
Mi patria
es la caja de los hilos
y el himno
lo tocaba el afilador.

Mi bandera es la bayeta
de secar los cacharros
o aquel hule de plástico
que se nos llevó el tiempo.
También hay héroes nacionales
(Patrito, que era el loco del pueblo)
y un baile folclórico
que inventó mi madre
para hacernos reír.
La lengua oficial
está aún por estudiar
y tiene voces que vienen del latín
como miserere
y otras como tete y nina,
pajón, potingue y milindris,
de más oscuro origen.
DALÍ

Amor y desparpajo.
Legado de recuerdos
y miradas
y voces transparentes.
Muletas que sustentan su pasado,
se devoran,
se nutren de las carnes
y de la vida del otro.
Amor y desparpajo.
Él le ordeña el seno
ya sin leche
y las hormigas
rodean sus silencios.
Tantos años juntos
que acabaron por comerse entre nostalgias.
AMANECER
Vencido ya,
regreso borracho de edificios,
un cigarrillo, un taxi, una maleta
y, de repente... tu sonrisa
LA ESPALDA
La espalda hacia el dolor
se oculta entre los velos de tu pelo
y la barbilla es cima sudorosa
de tu cuello. Crispas el ceño
entre las sábanas que muerdes.
Lentamente libero tus caderas de mis dedos
y espero a que tus brazos me descansen.
LATIDOS
Se viste el aire de templanza
y al descenso,
caen muros salpicados por el ritmo,
y muy sola y muy hueca
la ruta del gemido
se apremia a connotar
la vida de razón de ser vivida
y ensambla con el rito la locura.
ODA A LAS CADERAS

Gigantes de las calles,
ciudadanas,
ritmo del universo,
vosotras, arrogante
condena del hambriento,
paseáis por avenidas
mareadas;
laderas habitables,
paseáis la línea curva
enaltecida;
caderas de mujeres pasajeras,
gobernantes bienvenidas y eternas,
lanzadas a los aires;
liberadas caderas,
cientos de caderas de colores,
cientos de miles de caderas
invaden el vacío.
ORACIÓN Nº 33
Que el vuelo bandolero
de una nube guardiana de tu llanto
bautice mi dolor.
Que llueva en abundancia y el rocío
perfume con tu aroma mi cansancio.
Que el eco de tus risas poderoso
retumbe entre mis venas y silencie
el ruido del despegue que me aleja.
SIN VERBO ORIGINAL
Me arrimo a tu regazo
decidido a raparme de ideas la cabeza,
sin verbo original y sin presentes,
tan sólo mi vacío y mi deseo
de reírme del mundo entre tus muslos.
UNA LLUVIA DE CIELOS EN LA BOCA
Eres, Tonya,
una lluvia de cielos
en la boca.
Eres tu llanto, eres tu risa,
eres mujer.
ESTÁS EN LAS ESPIGAS

Estás en las espigas
que forman las arrugas del anciano.
Habitas en el llanto de los niños,
en las brisas y pinares de mi tierra.
Te veo en las mareas
y en las aguas olvidadas de algún puerto.
Te escucho en el latido del silencio
y en los surcos atrapados de deseo.
Te tengo entre mis labios
cuando bebo.
Te alcanzo a respirar cuando me queman
las espuelas del tiempo en aguaceros.
Te sudo en las secuelas del hastío y del veneno.
Me tienes en tu aliento.
MARIPOSAS

Llegó corrupta y sucia
su voz espeluznante
de mueca desdentada.
Dijo que no temiera
por mi vida,
que no era a mí
a quien buscaba.
Le arranqué la guadaña
sin pensarlo
y escapó.
Aquí la tengo
junto a la cabecera
de mi cama
esperando su regreso:
voy a arrojar mariposas en su alma.
INSTANTE ETERNO
Esa antesala de la muerte
me revela las fauces del instinto
en la boca del alma.
Hay algo de diosa y de fiera
en la senda iluminada de tu cuerpo.
LA PRÓXIMA CARICIA

Sudas.
El lienzo de tu vientre
adivina la próxima caricia.
Soy.
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Versos de retaguardia (la historia de Ud.)
Por Ignacio López-Calvo
Partes de este poema fueron publicadas en Poetas y narradores de Iberoamérica. Ed. Marta de París. Buenos Aires: Georges Zanun Editores, 2007


Porque no sabía por qué,
ardían minutos uno a uno:
mi rostro se hundía entre puños,
la nariz se fundía con la mesa.
Te buscaba sin hallarte.
He de sosegarme, me decía,
hallar caminos hacia una luz compadecida,
despertar en otro hogar, ya liberado.
Bucearé
en sombras de apéndices inútiles
hasta toparme contigo.
De repente, casi sin quererlo,
llegaste
y fui ganándome día a día
un mudo descanso,
supremo desinterés,
emancipación de todo apego.
Nadé sin esfuerzo,
alerta,
abandonado en unidad,
al vaivén de ondas desconocidas.
Respirando ritmos,
miré espacios vacíos
limpiando mis sentidos de recuerdos,
y sudé presentes
asesinos de ideas
y de espaldas al tiempo.
Una mano meditante
guió mis pasos:
ya nada me falta,
supe al ver tu vida.
E hice las paces con la muerte.
II
Cayó, entonces, al olvido calculado
una queja hueca
de las que eximen cuitas
y desperezan almas.
Allí rezaron los álamos
un mantra ateo
y la mar quedó huérfana,
atrapada entre columnas,
lamiendo sus heridas,
mientras basiliscos, sierpes y alimañas,
reunidos todos,
recobraron la paz con tu sonrisa.
Aquel hombre del tiempo
ya no anuncia tornados.
Se ha quedado
sin pretéritos imperfectos
ni futuros simples.
Se ha bautizado en simplicidad:
todos los caminos llevan al camino.
III
Nace y muere la luz en la autopista.
This will be the day that I die,
insisten la radio y la tormenta.
Y… ¿tan grave sería? Ponderas.
Es entonces cuando un rostro,
su rostro,
nace en tu conciencia
encendiendo sombras.
IV
Pero resurgieron iras insensatas,
se asfixió la integridad
mandando aves a sus nidos,
y peces a sus mares:
llegaron ecos, sirenas del castigo.
Otro signo inconstante y viajero
que anhelaba no llegar a su destino,
nacería, sin avisar,
exigiendo palabras.
Ahora, en tierras planas
donde colinas y montes
se transmutan en cañones,
refugio de aguas y de árboles.
Luego de vuelta
a tierra de temblores.
Ya no importa. Respiro.
Eres mi portal, creo,
y te tengo para siempre.
Al verte, respiré una certeza
que creía imaginaria.
Tanta vida nómada llegó a su puerto
y nos hicimos sedentarios:
fundamos villas,
plantamos lagos,
resucitamos el desierto
y lo llenamos todo de raíces
para aprender a nacer. V
Entró el goteo pausado
de las aguas de caverna
corrieron chasquis emplumados
y crecieron ceibas en la mar.
Caracoles de aldeas pirenaicas
y coquíes de fortalezas coloniales
compartieron un mismo flamboyán.
Y las partidas de dominó
siguieron en La Habana.
Soy ahora
caminante de barrios coloridos:
Burano, Caminito y el viejo San Juan
todo es uno y me devuelve
al momento en que naciste
en mis rodillas.
Ya verás:
pinos y tejas,
románico antiguo, castillos,
acueductos, soportales.
Ya lo sé.
No puedo mostrarte
aquél que soy, ni por qué,
ni describirte el punto exacto
hasta el que llegan mis raíces.
Ni vale la pena narrarte
hacia dónde te llevan
los cuatro puntos cardinales,
ni lo que he descubierto
últimamente en mi cabeza.
Ya lo desaprenderás tú,
y cuando hayas viajado lo viajado
leído lo leído, sentido lo sentido
y llorado lo llorado.
Verás por qué te digo
que serán tus propios pasos
los que te abran el camino.
Si tú eres mi portal,
el tuyo está en ti misma.
No te digo que sea fácil.
Recuerda tan sólo dos cosas:
No hay secretos.
No estarás sola.
Y yo, mientras tanto,
aprenderé a morir un día
evocando tu imagen redentora.
VI
Y es que pasan los días buscando el saber,
rindiendo pleitesía al conocimiento supremo,
acumulando,
hasta que se llega al lugar de lucidez
que nos anima a desaprender,
sí,
a desaprehenderse,
a desprenderse,
a vaciarlo todo
y, por tanto,
a vaciarnos del vacío,
a vaciarnos para poder crear.
A vaciarnos.
Llega el instante de la marcha atrás
y habrá que desleer y desvivir,
habrá que construir la destrucción.
Y ésa es la otra cara de la moneda.
Ya verás.
Ahora me dices
que te gusta oír latir mi corazón,
pero algún día sabrás que oías el tuyo.
Y cuando salgas de este sueño
de begonias, hadas
y caballitos de madera,
y tengas que soltarte de mi mano
para siempre,
verás que siempre es nunca
y que, como las sombras de Rosalía,
caminaré contigo, para ti,
sin molestarte, claro,
a la distancia,
velando por tu bien,
y así,
también por el mío.
Y cuando, quizá, pienses
que ya sólo estos versos
te han quedado de mí,
errarás rotundamente:
seguiré en ti, para ti.
Por ahora, habremos de esperar
el instante adecuado
en que regalarte la palabra
algarabía.
Y te tengo guardadas
más sorpresas:
El portal hacia lo nuevo,
la antesala del ingenio,
la boca del éxito,
ya verás,
es la imitación.
Elige, admira, emula, traiciona.
Ignora estos consejos.
Ah, por cierto, ya descubrirás
que no es tanto cuestión de buscar
como de darse cuenta
de lo que se ha encontrado.
Más que un laberinto
o una biblioteca,
como dijo el ciego,
la vida es un rebaño de ovejas
que avanza lento y recto
por una sola cañada,
dejando heces
y balando.
Sólo unas pocas,
las elegidas,
se extravían.
Así es.
Te pido a cambio
que sientas el aroma
de la piedra mojada;
que escuches la voz
de la boca que ames
y compartas con ella
rincones secretos;
que descubras el duende
de quien burla los ecos
y lo imites
(vives para crear).
Te pedimos raíces:
que las recuerdes
o las extirpes, si hace falta,
pero que vivas su presencia.
Cuando ya no me pidas
que te cante ni que corra contigo,
cuando ya no hagan falta mis consejos,
entonces léeme;
he de darte gracias
por descifrarme los arcanos
del portal.
VI
Dime,
¿cómo es ese mundo que habitas?
y yo ¿por dónde ando?
¿cuál es el verdadero, el tuyo o el mío?
Se desvanecerá un día
(ojalá no del todo)
y verás que entre tus buenos y tus malos
hay muchos matices.
Y en este otro mundo,
no tan puro, hermoso y seguro,
habrás de buscar alianzas
y esquivar trampas
pero a fin de cuentas,
quiero que sepas
que habrás de ser tú
quien se abra los caminos
y encuentre los portales.
Ganar, perder, éxitos o fracasos,
eso estará a veces fuera de tu alcance.
Pero hay que prepararse
por si llega el momento,
(que siempre llega, si sabes esperar).
Felicidad, tristeza…
fuera de tu alcance también.
Pero habrás de buscar una
y evitar la otra
con todas tus fuerzas.
Ésa es la clave.
Y mientras tanto,
respira los aromas infinitos,
deshila anocheceres eternos,
sueña sabores impensables.
Toca el mundo y apodérate de él.
VII
Me cuentas que has soñado
con estrellas y dragones
que sonríen al darles de comer.
Me cuentas que te gustan los truenos
y que yo soy tu príncipe.
Me cuentas que te asustan los monstruos
del pasillo y que no te gusta
que me vaya a trabajar.
Me cuentas tantas cosas…
pero no te escucho, la verdad,
porque quedo hipnotizado,
agradecido, mirándote.
Más eterna, más monumental
es tu sonrisa
que todos los dragones
y fénix imperiales.
VIII
Me propuse huir de lo anecdótico,
de esos clichés de retaguardia
que matan al poema,
del suspiro ajado que envejece…
y, sin embargo,
no me sale otra cosa
que el amor:
Sólo tú me importas,
estandarte,
credo eterno,
burladero de la nada,
salto al vacío.
Tu ausencia es un anuncio
de un dolor imposible que me aterra;
tu voz, en cambio,
es clave y soportal.
Es agua de lluvia que redime.
IX
Has de concebir un día
otro eslabón en la cadena.
Y sólo el latido acelerado del milagro
y los sonidos de la vida
te revelarán el infinito en lo más mínimo.
Sólo entonces sabrás
por qué te dije
que eras mi portal,
por qué escribí que tú eras el camino,
el soportal,
por qué te hablé de raíces,
del vacío y de la nada,
de lo eterno y de las sombras,
de presencias y de ausencias.
Sólo con la réplica del momento
en que naciste en mis rodillas
volverá a emitir la mar
quejidos huérfanos,
sólo cuando tus brazos
cuenten también con el poder
de acallar el llanto con amor,
verás qué es lo que escribo.
Y es que nada hay tan hermoso
como tu alegría.
Sabrás, entonces,
por qué perdí la vergüenza
a escribir sobre el amor.
Sabrá, entonces,
por qué ese señor con barba
escribía sobre usted.
X
No es cierto que todas las rosas
sean la misma rosa,
como dijo el poeta:
te vi nacer y vivir,
y declaré
que sin ti yo no sería.
Eres el fin de los principios
Y el principio del fin.
XI
A un pagano en Sion
le regaña un jasídico
por no creer en su dios.
Le dice que rece, que crea,
que piense, que abra los ojos
a su ortodoxia.
Pero ni en su Muro de Lamentos
con kipás, talits, tefilines, torás, talmudes
y rítmicos sombreros,
con letras sagradas y oraciones, [350]
ni en la enemiga Plaza de Mezquitas,
ni en el piadoso llamamiento
del almoacín en su minarete,
ni en la gran mezquita
con tumbas sagradas de patriarcas
(por las que se matan unos y otros)
ni en las oraciones arrodilladas
en Getsemaní,
Dominus Flevit,
el Monte de los Olivos,
la Vía Dolorosa,
ni en todos los sacros lugares
con sepulcros y natividades,
con ojos velados de iluminados
y aleluyas
y místicos cantos en latín
vio un atisbo
del verdadero milagro
de verte recién despertada
sentándote, despeinada
y sin pedir permiso,
en sus rodillas.
El diminuto Jordán
y el milagroso Mar de Galilea
le parecieron, además, [375]
bastante menos sagrados
que la piscina del barrio
cuando nadas con él.
Con sus patillas rizadas,
le exigía que creyera,
que se arrepintiera,
sin saber que no precisa
sus consejos:
el que de veras tiene ya
su axis mundi
no necesita que lo imiten.
No sabía, el pobre,
que tú fuiste y sigues siendo
mi kensho, mi satori y mi nirvana;
todo en uno.

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Partes de este poema fueron publicadas en Poetas y narradores de Iberoamérica. Ed. Marta de París. Buenos Aires: Georges Zanun Editores, 2007
y en Escritores españoles en Estados Unidos. Gerardo Piña-Rosales, ed. Antología. Nueva York: Academia Norteamericana de la Lengua Española, 2007

A Sofía López-Craig
Porque no sabía por qué,
ardían minutos uno a uno:
mi rostro se hundía entre puños,
la nariz se fundía con la mesa.
Te buscaba sin hallarte.
He de sosegarme, me decía,
hallar caminos hacia una luz compadecida,
despertar en otro hogar, ya liberado.
Bucearé
en sombras de apéndices inútiles
hasta toparme contigo.
De repente, casi sin quererlo,
llegaste
y fui ganándome día a día
un mudo descanso,
supremo desinterés,
emancipación de todo apego.
Nadé sin esfuerzo,
alerta,
abandonado en unidad,
al vaivén de ondas desconocidas.
Respirando ritmos,
miré espacios vacíos
limpiando mis sentidos de recuerdos,
y sudé presentes
asesinos de ideas
y de espaldas al tiempo.
Una mano meditante
guió mis pasos:
ya nada me falta,
supe al ver tu vida.
E hice las paces con la muerte.
II
Cayó, entonces, al olvido calculado
una queja hueca
de las que eximen cuitas
y desperezan almas.
Allí rezaron los álamos
un mantra ateo
y la mar quedó huérfana,
atrapada entre columnas,
lamiendo sus heridas,
mientras basiliscos, sierpes y alimañas,
reunidos todos,
recobraron la paz con tu sonrisa.
Aquel hombre del tiempo
ya no anuncia tornados.
Se ha quedado
sin pretéritos imperfectos
ni futuros simples.
Se ha bautizado en simplicidad:
todos los caminos llevan al camino.
III
Nace y muere la luz en la autopista.
This will be the day that I die,
insisten la radio y la tormenta.
Y… ¿tan grave sería? Ponderas.
Es entonces cuando un rostro,
su rostro,
nace en tu conciencia
encendiendo sombras.
IV
Pero resurgieron iras insensatas,
se asfixió la integridad
mandando aves a sus nidos,
y peces a sus mares:
llegaron ecos, sirenas del castigo.
Otro signo inconstante y viajero
que anhelaba no llegar a su destino,
nacería, sin avisar,
exigiendo palabras.
Ahora, en tierras planas
donde colinas y montes
se transmutan en cañones,
refugio de aguas y de árboles.
Luego de vuelta
a tierra de temblores.
Ya no importa. Respiro.
Eres mi portal, creo,
y te tengo para siempre.
Al verte, respiré una certeza
que creía imaginaria.
Tanta vida nómada llegó a su puerto
y nos hicimos sedentarios:
fundamos villas,
plantamos lagos,
resucitamos el desierto
y lo llenamos todo de raíces
para aprender a nacer.
Entró el goteo pausado
de las aguas de caverna
corrieron chasquis emplumados
y crecieron ceibas en la mar.
Caracoles de aldeas pirenaicas
y coquíes de fortalezas coloniales
compartieron un mismo flamboyán.
Y las partidas de dominó
siguieron en La Habana.
Soy ahora
caminante de barrios coloridos:
Burano, Caminito y el viejo San Juan
todo es uno y me devuelve
al momento en que naciste
en mis rodillas.
Ya verás:
pinos y tejas,
románico antiguo, castillos,
acueductos, soportales.
Ya lo sé.
No puedo mostrarte
aquél que soy, ni por qué,
ni describirte el punto exacto
hasta el que llegan mis raíces.
Ni vale la pena narrarte
hacia dónde te llevan
los cuatro puntos cardinales,
ni lo que he descubierto
últimamente en mi cabeza.
Ya lo desaprenderás tú,
y cuando hayas viajado lo viajado
leído lo leído, sentido lo sentido
y llorado lo llorado.
Verás por qué te digo
que serán tus propios pasos
los que te abran el camino.
Si tú eres mi portal,
el tuyo está en ti misma.
No te digo que sea fácil.
Recuerda tan sólo dos cosas:
No hay secretos.
No estarás sola.
Y yo, mientras tanto,
aprenderé a morir un día
evocando tu imagen redentora.
VI
Y es que pasan los días buscando el saber,
rindiendo pleitesía al conocimiento supremo,
acumulando,
hasta que se llega al lugar de lucidez
que nos anima a desaprender,
sí,
a desaprehenderse,
a desprenderse,
a vaciarlo todo
y, por tanto,
a vaciarnos del vacío,
a vaciarnos para poder crear.
A vaciarnos.
Llega el instante de la marcha atrás
y habrá que desleer y desvivir,
habrá que construir la destrucción.
Y ésa es la otra cara de la moneda.
Ya verás.
Ahora me dices
que te gusta oír latir mi corazón,
pero algún día sabrás que oías el tuyo.
Y cuando salgas de este sueño
de begonias, hadas
y caballitos de madera,
y tengas que soltarte de mi mano
para siempre,
verás que siempre es nunca
y que, como las sombras de Rosalía,
caminaré contigo, para ti,
sin molestarte, claro,
a la distancia,
velando por tu bien,
y así,
también por el mío.
Y cuando, quizá, pienses
que ya sólo estos versos
te han quedado de mí,
errarás rotundamente:
seguiré en ti, para ti.
Por ahora, habremos de esperar
el instante adecuado
en que regalarte la palabra
algarabía.
Y te tengo guardadas
más sorpresas:
El portal hacia lo nuevo,
la antesala del ingenio,
la boca del éxito,
ya verás,
es la imitación.
Elige, admira, emula, traiciona.
Ignora estos consejos.
Ah, por cierto, ya descubrirás
que no es tanto cuestión de buscar
como de darse cuenta
de lo que se ha encontrado.
Más que un laberinto
o una biblioteca,
como dijo el ciego,
la vida es un rebaño de ovejas
que avanza lento y recto
por una sola cañada,
dejando heces
y balando.
Sólo unas pocas,
las elegidas,
se extravían.
Así es.
Te pido a cambio
que sientas el aroma
de la piedra mojada;
que escuches la voz
de la boca que ames
y compartas con ella
rincones secretos;
que descubras el duende
de quien burla los ecos
y lo imites
(vives para crear).
Te pedimos raíces:
que las recuerdes
o las extirpes, si hace falta,
pero que vivas su presencia.
Cuando ya no me pidas
que te cante ni que corra contigo,
cuando ya no hagan falta mis consejos,
entonces léeme;
he de darte gracias
por descifrarme los arcanos
del portal.
VI
Dime,
¿cómo es ese mundo que habitas?
y yo ¿por dónde ando?
¿cuál es el verdadero, el tuyo o el mío?
Se desvanecerá un día
(ojalá no del todo)
y verás que entre tus buenos y tus malos
hay muchos matices.
Y en este otro mundo,
no tan puro, hermoso y seguro,
habrás de buscar alianzas
y esquivar trampas
pero a fin de cuentas,
quiero que sepas
que habrás de ser tú
quien se abra los caminos
y encuentre los portales.
Ganar, perder, éxitos o fracasos,
eso estará a veces fuera de tu alcance.
Pero hay que prepararse
por si llega el momento,
(que siempre llega, si sabes esperar).
Felicidad, tristeza…
fuera de tu alcance también.
Pero habrás de buscar una
y evitar la otra
con todas tus fuerzas.
Ésa es la clave.
Y mientras tanto,
respira los aromas infinitos,
deshila anocheceres eternos,
sueña sabores impensables.
Toca el mundo y apodérate de él.
VII
Me cuentas que has soñado
con estrellas y dragones
que sonríen al darles de comer.
Me cuentas que te gustan los truenos
y que yo soy tu príncipe.
Me cuentas que te asustan los monstruos
del pasillo y que no te gusta
que me vaya a trabajar.
Me cuentas tantas cosas…
pero no te escucho, la verdad,
porque quedo hipnotizado,
agradecido, mirándote.
Más eterna, más monumental
es tu sonrisa
que todos los dragones
y fénix imperiales.
VIII
Me propuse huir de lo anecdótico,
de esos clichés de retaguardia
que matan al poema,
del suspiro ajado que envejece…
y, sin embargo,
no me sale otra cosa
que el amor:
Sólo tú me importas,
estandarte,
credo eterno,
burladero de la nada,
salto al vacío.
Tu ausencia es un anuncio
de un dolor imposible que me aterra;
tu voz, en cambio,
es clave y soportal.
Es agua de lluvia que redime.
IX
Has de concebir un día
otro eslabón en la cadena.
Y sólo el latido acelerado del milagro
y los sonidos de la vida
te revelarán el infinito en lo más mínimo.
Sólo entonces sabrás
por qué te dije
que eras mi portal,
por qué escribí que tú eras el camino,
el soportal,
por qué te hablé de raíces,
del vacío y de la nada,
de lo eterno y de las sombras,
de presencias y de ausencias.
Sólo con la réplica del momento
en que naciste en mis rodillas
volverá a emitir la mar
quejidos huérfanos,
sólo cuando tus brazos
cuenten también con el poder
de acallar el llanto con amor,
verás qué es lo que escribo.
Y es que nada hay tan hermoso
como tu alegría.
Sabrás, entonces,
por qué perdí la vergüenza
a escribir sobre el amor.
Sabrá, entonces,
por qué ese señor con barba
escribía sobre usted.
X
No es cierto que todas las rosas
sean la misma rosa,
como dijo el poeta:
te vi nacer y vivir,
y declaré
que sin ti yo no sería.
Eres el fin de los principios
Y el principio del fin.
XI
A un pagano en Sion
le regaña un jasídico
por no creer en su dios.
Le dice que rece, que crea,
que piense, que abra los ojos
a su ortodoxia.
Pero ni en su Muro de Lamentos
con kipás, talits, tefilines, torás, talmudes
y rítmicos sombreros,
con letras sagradas y oraciones, [350]
ni en la enemiga Plaza de Mezquitas,
ni en el piadoso llamamiento
del almoacín en su minarete,
ni en la gran mezquita
con tumbas sagradas de patriarcas
(por las que se matan unos y otros)
ni en las oraciones arrodilladas
en Getsemaní,
Dominus Flevit,
el Monte de los Olivos,
la Vía Dolorosa,
ni en todos los sacros lugares
con sepulcros y natividades,
con ojos velados de iluminados
y aleluyas
y místicos cantos en latín
vio un atisbo
del verdadero milagro
de verte recién despertada
sentándote, despeinada
y sin pedir permiso,
en sus rodillas.
El diminuto Jordán
y el milagroso Mar de Galilea
le parecieron, además, [375]
bastante menos sagrados
que la piscina del barrio
cuando nadas con él.
Con sus patillas rizadas,
le exigía que creyera,
que se arrepintiera,
sin saber que no precisa
sus consejos:
el que de veras tiene ya
su axis mundi
no necesita que lo imiten.
No sabía, el pobre,
que tú fuiste y sigues siendo
mi kensho, mi satori y mi nirvana;
todo en uno.

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El juicio
Por Ignacio López-Calvo
Publicado en Alba de América 25.47-48 (2006): 657-61
El juicio debía comenzar a las nueve y media, pero James Caldwell, el abogado defensor de Jerónimo Gaona, no acababa de llegar. Un policía se sacudía las migajas del penúltimo dónut que llevaba en los pantalones medio caídos mientras bromeaba con Roberto Salazar sobre su inminente deportación:
Publicado en Alba de América 25.47-48 (2006): 657-61
El juicio debía comenzar a las nueve y media, pero James Caldwell, el abogado defensor de Jerónimo Gaona, no acababa de llegar. Un policía se sacudía las migajas del penúltimo dónut que llevaba en los pantalones medio caídos mientras bromeaba con Roberto Salazar sobre su inminente deportación:
—Ya dio la Migra contigo, amigo—se ufanaba de su denuncia—, pero no te preocupes: ya estarás de vuelta en un par de meses. No dejarás de visitarme, ¿no? Roberto asentía mirando a esa doble papada sudorosa, con cara de no comprender una palabra de lo que el otro mascullaba.
—Tuve que balacear a Memo para que dejara de pegarme con el palo, pero ya no hay rencor. Hemos vuelto a ser cuates—me comentó. Semanas antes, Salazar se había olvidado imprudentemente de su condición de indocumentado y, de un salto, se había interpuesto entre dos hombres que andaban disputándose a una mujer.
—Me robaste a mi vieja, cabrón—lloraba rabioso Bernardino.
—No seas menso, güey. Es demasiada hembra para ti—le espetaba Jerónimo impertérrito. Salazar había tomado partido por el marido celoso y acabó recibiendo tantos palos que tuvieron que darle diez puntos en la cabeza y atender toda la noche sus heridas en brazos y pecho. Ahora (mientras contemplaba en el juicio anterior al suyo los resultados del martillazo que una señora con cara de pocos amigos había propinado a la sufrida frente de su marido) temía lo peor, Roberto y Jerónimo, Beto y Memo, se miraban de reojo: tímido el primero; altivo el segundo. Jerónimo se movía incómodo en el juzgado, helándose de frío con el exageradísimo aire acondicionado con el que los sureños tratan de olvidarse del aplastante calor del verano. Puta madre, sus pies se veían bien ridículos a la sombra de los de ese negro que a su lado parecía un gigante de otros mundos. Este último, que lucía el mismo mono naranja, pero desabrochado hasta el ombligo, se intentaba comunicar por gestos con alguien que debía de andar sentado entre la audiencia. Acabado el mensaje, se restregó los ojos secos y, mirando el grillete de la cintura y las esposas, se sumió, ayudado por el ruidoso ventilador del techo, en una profunda meditación que pareció aliviarlo. Los pies inmóviles de esos dos reclusos contrastaban con la inquietud de ardilla de los de otro mexicano, quizás salvadoreño, que parecía querer escapar de no se sabe dónde. Mientras tanto, Salazar soportaba estoicamente las palmaditas de aquel policía aficionado a sus propios chistes, que le llamaba “my compadre” y que ahora se reclinaba con fruición en su silla. Su último comentario, por cierto, no había sido del gusto de Melissa Wendel, la abogada defensora de Salazar, que se alegraba de que su cliente no supiera inglés, mientras examinaba el cuello más rojo de ese sur del que con tanta insistencia quería fugarse su marido.
Memo y Beto volvieron a mirarse: ya todo me vale madre, pensó el uno; pues ni modo, le leyó los pensamientos el otro. Ahora me correrá la pinche Migra y Ana María se enterará de que me andaba picando a la vieja de Benedictino, se dijo Memo. Y sus hermanos me correrán a balazos, como tú, Beto, pero con más puntería. ¡Qué mala onda, compadre!
Ahogando un bostezo producto del cansancio de haberse pasado la noche retozando con la última cliente, el abogado James Caldwell echó un vistazo a la audiencia y comprobó, malherido, que allí estaba la rubia, una antigua cliente que con la que no había podido acostarse y mira que lo intentó: llamadas a deshoras, sutiles indirectas y todo para nada, para devolverle en pago a sus esfuerzos una mirada de desprecio por su incapacidad para ganarle un caso que a priori parecía simple. Además ni se había dignado a pagarle por su trabajo. Sintió deseos de detener el juicio e irle a exigir a la rubia lo que le pertenecía, pero se le cruzó otro pensamiento: ¿le habría impresionado su forma de intimidar a la otra abogada hablando en el español heredado de su abuela? Lamentablemente para él, el intento duró apenas tres preguntas debido a las obvias muestras de incomprensión por parte del testigo Israel Casas. No importaba; a la mierda con la rubia. De cualquier forma, su ego seguía intacto después de la nochecita histórica que acababa de pasar. Que me quiten lo bailao—debió de musitar en alguna expresión en inglés. Salazar, por su parte, no salía de su asombro al ver a ese juez flaco, desparramado en el sillón con los brazos alzados por detrás del respaldo y dando evidentes muestras de apatía (¿se habrá quedado dormido?). Además, era negro, lo que no dejaba de sorprenderlo, aunque pensó que quizá eso hasta podría venirle bien. A todo esto, el policía barrigón seguía robándole el agua al juez... se atragantaba una y otra vez en su declaración. La seguridad en sí mismo que había exhibido ante Jerónimo Gaona hasta entonces se fue al traste cuando el abogado le pidió que leyera su propia declaración. Se ha parado; a pesar de estar impreso, no comprende una de las palabras: ahí dice “presentando” le aclara Caldwell, que está perdiendo la paciencia. El juez Lindsey se muestra obviamente
molesto cada vez que el policía lo castiga con su tos de fumador (yo a los siete años leía mejor—susurraba Caldwell) y le pregunta impaciente:
Memo y Beto volvieron a mirarse: ya todo me vale madre, pensó el uno; pues ni modo, le leyó los pensamientos el otro. Ahora me correrá la pinche Migra y Ana María se enterará de que me andaba picando a la vieja de Benedictino, se dijo Memo. Y sus hermanos me correrán a balazos, como tú, Beto, pero con más puntería. ¡Qué mala onda, compadre!
Ahogando un bostezo producto del cansancio de haberse pasado la noche retozando con la última cliente, el abogado James Caldwell echó un vistazo a la audiencia y comprobó, malherido, que allí estaba la rubia, una antigua cliente que con la que no había podido acostarse y mira que lo intentó: llamadas a deshoras, sutiles indirectas y todo para nada, para devolverle en pago a sus esfuerzos una mirada de desprecio por su incapacidad para ganarle un caso que a priori parecía simple. Además ni se había dignado a pagarle por su trabajo. Sintió deseos de detener el juicio e irle a exigir a la rubia lo que le pertenecía, pero se le cruzó otro pensamiento: ¿le habría impresionado su forma de intimidar a la otra abogada hablando en el español heredado de su abuela? Lamentablemente para él, el intento duró apenas tres preguntas debido a las obvias muestras de incomprensión por parte del testigo Israel Casas. No importaba; a la mierda con la rubia. De cualquier forma, su ego seguía intacto después de la nochecita histórica que acababa de pasar. Que me quiten lo bailao—debió de musitar en alguna expresión en inglés. Salazar, por su parte, no salía de su asombro al ver a ese juez flaco, desparramado en el sillón con los brazos alzados por detrás del respaldo y dando evidentes muestras de apatía (¿se habrá quedado dormido?). Además, era negro, lo que no dejaba de sorprenderlo, aunque pensó que quizá eso hasta podría venirle bien. A todo esto, el policía barrigón seguía robándole el agua al juez... se atragantaba una y otra vez en su declaración. La seguridad en sí mismo que había exhibido ante Jerónimo Gaona hasta entonces se fue al traste cuando el abogado le pidió que leyera su propia declaración. Se ha parado; a pesar de estar impreso, no comprende una de las palabras: ahí dice “presentando” le aclara Caldwell, que está perdiendo la paciencia. El juez Lindsey se muestra obviamente
molesto cada vez que el policía lo castiga con su tos de fumador (yo a los siete años leía mejor—susurraba Caldwell) y le pregunta impaciente: —Pero, vamos a ver, ¿quién golpeó a quién?
—Jerónimo a Roberto—contesta el gordo, aliviado por no tener que leer más.
—Y... ¿podría aclarar quién es Jerónimo?
—Sí señor, el caballero de la derecha.
—¿Tendría la bondad de referirse a ellos como señor Geiona y señor Salazar?
—OK, OK... Bueno, pues sí, fue Jerónimo el que golpeó a Roberto. Después de unas cuantas preguntas más, la abogada defensora, Melissa Wendel, protesta: no está de acuerdo con el tipo de preguntas “sí o no”, que formula Caldwell. Además, el testigo Casas Israel es cuñado del señor Geiona y, por tanto, cabe la posibilidad de que sus declaraciones sean arbitrarias.
—No se llama Casas Israel—corrige Caldwell (otra vez que la ha pillado) sino Israel Casas.
Valiente cretino—piensa Wendel. A lo mejor se cree que no me he dado cuenta de que se gasta un español aprendido a deshoras de las cintas que anuncian en televisión.
—Señor policía, ¿cómo consiguió Ud. transcribir esta declaración? ¿Habla Ud. español?—pregunta el juez.
—No señor, una vecina (puta vida, suspira Salazar) me ayudó a comunicarme con él.
—Y esa monja ¿hablaba bien el español?
—A mí me sonaba muy bien—se ríe... (Le ha hecho mucha gracia su propio comentario). Al traductor parece haberle entrado somnolencia y Salazar no se entera de nada, por lo que se ve obligado a refugiarse en el recuerdo de su primer beso junto a la cascada, cuando Pilar tan sólo era una niña macilenta y tímida, y su voz se esfumaba en el estruendo del agua. Se lo robó disimuladamente y aquella misma noche le hizo un hijo que quizá en este momento le pide tortillas a su mamá y mamá no las tiene.
Si es verdad lo que dice el policía y tenían al Servicio de Inmigración pisándoles los talones, este juicio es una mera farsa—piensas como traductor escandalizado (e improvisado). Decidiste no traducir lo de “ya volverás en un par de meses” ni lo de “no me importaría que los dos trabajaran para mí; ni se quejan ni exigen muchos dólares, por eso tenemos que hacer la vista gorda.” Habrías querido tranquilizar a Roberto aunque tan sólo hubiera sido por ver si el policía dejaba de una maldita vez de darle palmaditas en la cabeza como a un niño tonto, y de tocarle la cicatriz de los diez puntos para explicarle con más realismo los hechos a la abogada. Además (¿por qué no reconocerlo?) te habías sentido estúpido cuando al presentarte intentaste estrecharle la mano olvidándote—como de costumbre—de las esposas; y más culpable aún, por haberle dado un teléfono falso cuando te lo pidió desesperado.
Si es verdad lo que dice el policía y tenían al Servicio de Inmigración pisándoles los talones, este juicio es una mera farsa—piensas como traductor escandalizado (e improvisado). Decidiste no traducir lo de “ya volverás en un par de meses” ni lo de “no me importaría que los dos trabajaran para mí; ni se quejan ni exigen muchos dólares, por eso tenemos que hacer la vista gorda.” Habrías querido tranquilizar a Roberto aunque tan sólo hubiera sido por ver si el policía dejaba de una maldita vez de darle palmaditas en la cabeza como a un niño tonto, y de tocarle la cicatriz de los diez puntos para explicarle con más realismo los hechos a la abogada. Además (¿por qué no reconocerlo?) te habías sentido estúpido cuando al presentarte intentaste estrecharle la mano olvidándote—como de costumbre—de las esposas; y más culpable aún, por haberle dado un teléfono falso cuando te lo pidió desesperado.
—La palma abierta en alto. ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
—Yo quiero dejar claro que ni quiero ayudar a mi cuñado Memo ni a Beto—certificó Israel.
—¿Lo jura o no? Debe responder ‘yes’ o ‘no.’
—Yeah.
—Is it true that Mr. Salazar threw a bottle at Mr. Gaona’s truck?
—¿Mande?
—¿Es verdad que Beto arrojó una botella a la troca de Memo? Traduzco.
—Yeah.
—Did it break?
—Yeah.
—Did you see it?
—¿Mande?
—¿Lo viste?
—No. Ni lo vio ni lo oyó, pero él sabe que se rompió—explica sonriente Maureen, la traductora del centro católico de asistencia social que, a diferencia de ti, hace sus labores de traducción por pura filantropía, sin cobrar un sólo centavo.
...Meses más tarde, quizás Salazar, cansado de marcar el supuesto número de teléfono de aquel traductor, habría abierto ansioso la primera carta de Pilar. Quizás, gracias al vecino de enfrente, habría encontrado un trabajo de gata en una casa donde ya no tuviera que aguantar los manoseos del señor, del señorito, ni de ningún otro. Y a ti no te volvieron a llamar de intérprete, por lo que se deduce que no debiste de hacerlo muy bien. Bueno, al menos te queda el recuerdo.
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El Segoviense
Por Ignacio López-Calvo
Publicado en Artesanías Literarias 15 (Mayo 2005): 11-18 y en Cuadernos de ALDEEU 21 (Nov. 2005): 84-93
caras conocidas de los paisanos que se habían acomodado en las gradas erigidas para la ocasión. Vi lamento y vi desgracia en los cuellos humillados de dos reconciliados que acababan de dejar de ser para siempre enemigos de la fe cristiana, conducidos como un yugo por las manos femeninas de un vetusto dominico. Les daba escarnio un hábito de tosca tela en que podía apreciarse, imponente, la cruz de San Andrés, rodeada de diablillos a los que se empujaba sin piedad a las llamaradas eternas del tormento. Y se rumoreaba que si el uno era de esos herejes alumbrados y que decía haber llegado a un estado tan perfecto por medio de la oración que no le era menester practicar los sacramentos ni las buenas obras. Había chismes de que si también el otro, que no cesaba de propinarse brutales y acompasados golpes en el pecho, decía haber sido iluminado a la manera mística y defendía que, mediando la oración, podíanse llevar a cabo los actos más depravados sin pecar. Aseguraban que había sido prendido el mismo día en que se proclamó el edicto de fe mientras, encaramado a uno de los hitos del via crucis en el monte de La Piedad, dirigía hacia el sol la piadosa mirada de un nutrido grupo de fieles con la promesa de presenciar místicas visiones a cambio de que lo agasajaran con regalos pues, por el amor de Dios, de algo habría de comer.
Vi ojos clavados como dagas en los nacientes pechos desnudos de una bruja babeante y embadurnada que emitía sin pausa un quejido (o quizá era una frase) que era cosa de espanto y no alcancé a descifrar, y que, a pesar de las amarras, se retorcía con horribles espasmos de otros mundos, no sé si de placer o de dolor pues su alma era poseída del Maligno. En el gemido de
terror de un relajado cuyas manos rilaban al cubrir los oídos que venían de escuchar las palabras “hoguera purificadora” oí un mundo descompuesto que a sí mismo se atormentaba. Ese ecce homo, que apenas unos días antes no era sino uno de los más ricos y respetados plateros de la ciudad, era incapaz de dar un paso sin tropezar, por lo que se murmuraba entre dientes: “le han dado suplicio de potro y agua, le han dado suplicio de potro y agua”. Medio mareado por el humo de inciensos y de antorchas, de cielos y de infiernos, no le encontraba yo sentido alguno a aquella celebración y me aferré tan ávidamente a la tabla que me daba asiento que apenas sí me percaté de la cantidad de espinas que habían atravesado mi piel y que, al día siguiente, hubo de sacarme mamá una a una, mientras escuchaba cariacontecida y en silencio mi relato de lo acaecido en la concurrida Plaza Mayor. Hoy comprendo, por fin, su semblante y su sigilo.
Al sentir “¡al auto de fe!” entre las pláticas, yo había acudido loco de contento a ver otra de aquellas funciones para las que solíamos congregarnos en el atrio de San Martín a escuchar voces de ultratumba que nos hablaban de ocultos misterios sobre la bondad y la muerte, la avaricia y la lujuria. Harto equivocados andábamos. No podía dar fe a mis ojos cuando dieron, entre los reos, con el Padre Eugenio, que hasta aquel momento era
venerado en la parroquia por su infinita bondad y que era capaz de enumerar todos y cada uno de los nombres de su numerosa grey. Se me hizo un nudo en la garganta y no pude por menos de preguntar qué era eso del pecado nefando en el que había caído; “calla el pico, mocoso insolente” fue lo único que obtuve por respuesta. Otros muchos fueron excomunicados y juzgados por crímenes que mi infantil inocencia no acertaba a comprender: los unos eran mahometizantes, hechiceros y apóstatas; los otros, usureros, blasfemos y bígamos. Pero la única sentencia que consiguió invadir mis sueños en los años que siguieron a aquel suceso fue la que se dictó al relajado: se lo acusaba de pertinaz, de haber insistido (“¡marrano!” le espetaba su propia mujer bañada en lágrimas, “¡perro judío!” otros) obstinadamente en el error de practicar secretamente la ley de Moisés, de ser un perverso relapso que reincidía en una herejía de la que había abjurado años antes y, por ello, y por otros abominables actos judaizantes, se lo relajaba a la justicia y brazo seglar y confiscación de bienes por valor de no recuerdo cuántos miles de ducados. Con el manual de inquisidores bajo el brazo y sin dejar de dirigir sus miradas de tiempo en tiempo al escriba, el familiar del Santo Oficio entregaba ahora, con gesto displicente, un diezmo de dicha suma al hijo delator del platero, quien lo aceptaba haciendo reverencias bajo las apabullantes miradas de sus prójimos. Un suave “Adonai ejad” fue lo único que dejaron salir los labios del ajusticiado al ser invitado a una última oración. Acabada la diversión y con la plaza casi vacía horas después de que lo ajusticiasen, mi mirada continuaba estancada en el mismo espacio en que un hermoso archiduque, verdugo de honor, había encendido, entre una algarabía ensordecedora, la enorme hoguera que había de evitar el derramamiento de sangre impura. Días habían pasado y no conseguía arrancarme de las narices aquel hedor a pira humana mezclado con el de muslos de gallina y otras viandas que allí mismo se habían consumido de manera voraz.
Con la caída en desgracia del platero, las estrechas calles de la aljama amurallada, otrora inundadas de vida por el comercio de la plata y de las joyas, se vistieron de tristeza y soledad por unos días, asediadas tan sólo por los usurpadores de la riqueza de aquel buen hombre vendido por su propio vástago. Por el gran pórtico de su tienda en la Calle del Sol desfilaron los más bellos hostiarios y cálices, vendidos a precios inauditos; iban y volvían
los acreedores cargados de relicarios, custodias de asiento y procesionales, haciendo caso omiso a las miradas atentas de la paralizada familia del finado, y allí no quedó uno de los cetros, raquetas, arcas y cruces parroquiales que habían sido el orgullo del barrio y el imán de todas las miradas. Al poco tiempo del aciago auto de fe, comenzaron a sucederse las misivas amenazadoras, los pasquines clavados en el portón de la aljama, las burlas y donaires que pretendían amedrentarnos, y fue entonces cuando nuestros ancianos rescataron del milenario pozo de sus recuerdos los tiempos de los bautismos forzosos de fray Vicente Ferrer, cuando se
atemorizaba a la judería con largas procesiones de creyentes fervorosos azotándose con cadenas. Nunca llegaron a repetirse los hurtos de infantes para bautizarlos a la fuerza, como vaticinaban los más agoreros, pero sí cundió por cada una de las calles de la ciudad la obsesión con la antigüedad del bautismo del vecino o la presencia más o menos cercana de antepasados infieles. Por décadas, las burlas sobre la falsa pureza de sangre de algunos y el lastre indeleble de ser cristiano nuevo atormentaron a figuras de grande prestigio en el lugar, como mi padre. Por contra, los villanos de baja casta por fin tenían algo de lo que enorgullecerse: su sangre. Hasta las nodrizas moriscas hubieron de buscarse otros empleos cuando vieron que ya nadie deseaba que su hijo arrastrara perniciosos resabios por haber mamado leche de mala raza.
Sí, se sucedieron raros percances por aquellos días. Tuvimos noticia de que en la Plaza de la Merced un hombre llamado Pero Núñez había tenido en la sangre mancillada de su esposa la justa razón para humillarla en público. Hubo ocasión, asimismo, de escuchar una curiosa conversación en la que descubrimos que contar con un antepasado que había lucido un sambenito, en lugar de poner yugo a la cerviz, había pasado a ser motivo de orgullo al dar fe de cristianismo, aunque fuera del nuevo. Y no cuento sino los hechos de más historia, por no parecer prolijo e impertinente. Pero he de añadir uno por curioso, que cierto día un hidalgo, paciente de mi padre, se empeñó en insistir tozudamente en que se podía distinguir a los pérfidos judíos por su olor, sus narices o incluso por tener rabo. Como solía hacer mi padre, tras revelarle nuestro linaje, respondióle con calma citando la última frase de la semblanza que don Fernán Pérez de Guzmán había escrito sobre Pablo de Santa María, a quien, por otra parte, siempre consideró un traidor a su nación: “o si algunos saben que no guardan la ley, acúsenlos ante los prelados en manera que la pena sea a ellos castigo y a otros ejemplo: mas condenar a todos es no acusar a ninguno, más parece voluntad de decir mal
que celo de corrección”. Pero no era cosa de risa, que el grande temor y escándalo nos hacía tener que lidiar con algo tan dificultoso como el hábito de las costumbres judías. Ningún vecino de la aljama volvió a atreverse a contar estrellas en el cielo ni a matar animales a la manera ritual a la luz del día. Sin embargo, nadie ignoraba que en secreto se ayunaba y se preparaban las casas para el Sabbath con las candelas. Como medida de precaución, en nuestro hogar mi madre preparaba una cena de carne para festejarlo y otra de pescado, por si algún intruso llamaba a la puerta de manera repentina. Los festejos que tanto solían unir a la familia y a la comunidad acabaron por acortarse, así como las oraciones, en las que única palabra que aún figuraba en hebreo era Adonai, el nombre del Creador de todas las cosas. Esa lastimosa situación hizo que el Purim se convirtiera en nuestra fiesta más entrañable, pues conmemoraba la salvación de los judíos persas gracias a la reina Esther, quien había ocultado su identidad judía y sólo la reveló en el momento fue indispensable para salvar a su pueblo de la persecución. El Libro de Esther era nuestra esperanza: se veía como un manual para nuestra supervivencia, en donde se nos enseñaba incluso cómo negociar con los reyes.
Unos compadecidos y otros con un inexplicable gesto de rencor, nuestros amigos acabaron por darnos la espalda. Arrodillado frente al castaño, mi padre pasaba las horas muertas en el huerto, amasando un puñado de tierra que miraba y olía una y otra vez, moviendo continuamente la cabeza de derecha a izquierda. Mi madre, con los ojos humedecidos, me arropaba en su regazo pensativa, mientras lo miraba de reojo desde la ventana de la cocina. Estaba desconocido. Faltaban sólo unos días para mi Bar Mitzvá, que al cumplir los trece años me incorporaría de forma oficial a la comunidad, y en lugar de adiestrarme, rumiaba palabras incomprensibles, mientras negaba y negaba algo con la cabeza, golpeando con la minora todo lo que encontraba a su paso. Aquel candelabro de siete brazos parecía quitarle el sueño: unas veces lo escondía tras los mismos adobes donde guardaba sus ahorros, otras lo volvía a sacar y se lo arrimaba a la sien para colocarlo después, meditabundo, en el centro de la mesa de roble. Los hermanos Luis y Antonio Coronel, unos amigos míos que vivían en la casa colindante, me referieron el estado de ansiedad en que también se hallaban progenitores: su padre acababa de hacer arder su expléndida biblioteca acumulada por generaciones de estudiosos. Ante el gesto de incredulidad de sus hijos, tan sólo les explicó: “Mejor que ardan estos volúmenes, que no vuestro padre”. De poco había servido la ardua decisión de bautizarnos todos y soportar la vigilancia del clero segoviano, en lugar de padecer las penas del destierro. Al menos, a diferencia de otras familias menos agraciadas, contamos con la preciosa protección del obispo don Diego de Ribera, quien se había compadecido de nuestras desgracias. Mi padre había logrado curarlo de una grave enfermedad por la que otros físicos lo daban ya por deshauciado y, en recompensa, este obispo gordito y bonachón, se preocupó personalmente de evitar todo tipo de agravio para los nuestros. Don Diego fue en verdad nuestro padre protector, nuestro ángel de la guarda, como él mismo solía decir. Fue bajo su amparo y siguiendo su consejo como mis hermanos Melchor y Gaspar protegieron su bienestar por medio de la carrera eclesiástica. Aun así, mis padres, escarmentados con otros casos de traidores y soplones, lo acogieron su ayuda con prudencia y sin mucha confianza.
Pero pasemos ya adelante y digamos cómo un día en que me entretenía mirando por el ventanal el ajetreo de las gentes que iban y venían con miradas de complicidad o desafío, entendí a mi padre gritar: “¡Andrés!” Me volví a buscar con la mirada quién había entrado, pero sólo hallé el gesto anonadado de mi madre. “¡Andrés! ¡Ven aquí ahora mismo!” repitió mi padre decidido. Registré mis espaldas para ver a quién dirigía su mandato, pero o había un fantasma en la estancia o había perdido el juicio de tanto jugar con la arena del huerto junto al castaño. Fue así como se me acercó, puso su manaza sobre mi hombro y me explicó: “A partir de este momento eres Andrés Santamaría.” Como era común en aquellos días, mi madre rompió en lágrimas desgañitándose entre tirones de pelos. Avalanzándose, lo apartó de mí y me sentó entre sus piernas, acelerando así mi estado de profunda confusión.
“¡No! No me parece buena idea, Itshak” le replicó entre gemidos mientras se limpiaba la nariz con un pañuelo rojo. “¿No puedes encontrar algo menos manido? Ya hay tres familias en el barrio que han escogido ese apellido, que acabará por denunciarnos en lugar de exculparnos.” Piensa en cualquier otra voz castellana que no sea tan sospechosa. No sé, Naranjo, Calle, Mesa, Laguna...”
Y así fue como me nombró el sacerdote, entre latines, el día de los famosos bautismos en masa en el atrio de la catedral: Andrés Laguna. A mis padres no les ofendió el que no se celebrara el sacramento en el interior del templo, pues nada podía ya herir su susceptibilidad. Como nos fuéramos acercando a la pila, sentí el corazón de mamá latir de tal prisa, apuñalado por las miradas desconfiadas que nos seguirían misa tras misa por muchos años, que discurrí que iba a caer desmayada en cualquier instante. Jamás se me volvió a llamar Jacob hasta el momento en que mis conocimientos médicos dejaron de frenar el desgaste y la locura de mi sufrido padre. Aún no he sido capaz de perdonarme el empacho que sentí cuando delante de la reducida concurrencia, balbuceó con su último aliento ese “Jacob, Adonais esté contigo,” que pudo haber arruinado una carrera que empezaba a ser prometedora. Esas fueron las mismas palabras con que me bendijo el día en que por fin se celebró mi Bar Mitzvá, compartiendo la lectura del Pentateuco y de los Profetas, como había ordenado siglos había Ezra el Escriba. Agazapado en el sótano, un viejo rabino asustado me colocó las filacterias con versículos de la Torá en la frente y el brazo izquierdo, y me hizo recitar unos párrafos en hebreo. A pesar de mi corta edad, ya por aquel entoces tenía un buen dominio de la lengua, y recité con un tono decidido. Mi padre no mencionó una palabra y permaneció allí con una mirada desconcertada, colocándose obsesivamente el manto ritual que se había echado a la espalda. Después de esperar tantos años aquel día mágico, brindamos por la vida, “¡le-jaim!” y comimos sin ganas y a toda prisa las pastas que había preparado la mujer del rabino.
Unos años después del bautizo, volví a buscar en mi padre la explicación de un agravio que habíamos recibido mi amigo Antonio Pérez y yo en saliendo del colegio. Al pasar a nuestro costado, dos muchachos que nunca antes habíamos visto nos gritaron airados y soberbios: “¡apóstatas!” Al llegar a casa, solicité a mi abí que me revelara el significado de tan extraña voz. Con gesto sobrio, achicó los ojos mirando a la pared y procedió a distinguir entre las tres maneras de pecados contra la fe: “el de herejía”, me explicó, “que cometen aquellos cristianos que se apartan de la fe católica, como los luteranos y calvinistas; el de infidelidad, que cometen los que no habían sido bautizados, como los turcos o berberiscos; y el de apostasía, del que son culpables los bautizados que se apartan de su nueva fe, como los judaizantes y los moriscos”. Sin notar que en poco estaba aclarando mis dudas, continuó su perorata: “Dentro de la apostasía, la Iglesia distingue entre aquéllos que la cometen en lo exterior, como los desafiantes moriscos, que la pregonan en público, o los temerosos renegados, que se circuncidan a escondidas; los que apostatan en lo interior, sin que pueda verse marca alguna en su cuerpo ni ningún otro testimonio de ello; y los que...” el tercer tipo de apostasía que enumeró no se me acuerda, en parte porque en mi cabeza todavía estaba intentando comprender los dos primeros. Mas, como se me había enseñado de pequeño, continué cuestionando el agravio que acababa de recibir porque quería comprender. Entonces mi padre se puso muy serio y, en voz baja y al oído, dedujo que aquellos chicos debían de haber tenido noticia de que éramos conversos y sus padres debían de sospechar a escondidas seguimos judaizando.
“Y ¿judaízas padre?”, inquirí. Su semblante, entonces, se relajó y me mandó a jugar con la peonza al patio interior.
Por aquellas infaustas fechas se acusó también a unos vecinos nuestros de haber robado una hostia consagrada de la iglesia de San Esteban, la cual se disponían a quemar en la sinagoga que se encontraba a un tiro de ballesta de nuestro antiguo casón. Comentaban las habladurías que, momentos antes de que pudieran cometer el sacrilegio, el sagrado cuerpo de Cristo había escapado de entre sus manos y, aterrorizados, vieron cómo atravesaba las paredes de la sinagoga desquebrajándolas. Yo mismo vi la brecha desde el techo hasta el suelo que decían había franqueado en la pared. Y estos vecinos pertenecían a la misma familia que, una generación antes, habían sido condenados por despeñar a una niña cristiana que, al parecer, habían raptado e intentado obligar a que renegara de su fe. La niña andaba temerosa de que fueran a acabar con su vida para usar su sangre en una de sus perversas ceremonias religiosas, pero vio sorprendida cómo, sin más, la empujaban peñas abajo por el precipicio ante su obstinada negativa a abandonar la verdadera fe. Con ojos enlagrimados y consumida por una angustia que le cortaba la respiración, aseguraba que Simón y su hermano hubiesen dado fin de ella de no haber sido por la gloriosa intervención de dos ángeles de dorados bucles, que la habían bajado en volandas hasta el chorro de agua de manantial donde la habían encontrado amedrentada dos soldados de la Guardia Real.
Entre tanto, me partía el corazón ver sufrir así a mi padre, que cada día temía más por nuestras vidas, así que una mañana, sin poderlo resistir más, lo miré fijamente a los ojos y le dije tan sólo: “¿Por qué?” No hubo menester de más palabras. Cuando lo vi torcer la mirada hacia el suelo y quedarse en silencio un rato, tuve la extraña sensación de que llevaba años esperando aquella pregunta y meditando su respuesta: “Constantino”, respondió.
Sentado en su mecedora junto al hogar, trató de calmar mi expresión de extrañeza informándome con el mismo tono de voz con que, en momentos más felices, nos narraba cuentos a los Coronel y a mí. Mucho de lo que relató no me era nuevo, y él lo sabía, pero sí me sabía aderezado con otras especias. Y arrancose a hablarme de un inhóspito lugar llamado Judea, que no era, al parecer, sino una yerma tierra en los confines del Imperio romano: “En las dos primeras centurias de la era cristiana”, me aseguraba mi padre, “habían aparecido por allá numerosos hombres con poderes que decían ser el Mesías y que trataban de procurarse seguidores con sus milagros, que en aquella época no eran algo tan extraordinario como ahora. De entre aquellos rabinos milagreros surgió uno que hacíase llamar el Cristo y que tuvo la virtud de aparecer en el lugar y el tiempo más propicios. Cuando fue a parar a manos de un gobernador romano, Poncio Pilatos, éste se desentedió de él, y accedió a la petición popular de...” y, de pronto, levantó la voz de manera inusitada, "¡condenarlo al ritual romano de la crucifixión!"
De rodillas frente a mí, insistió presionándome las sienes entre sus manos aguerridas: “Escucha bien mis palabras, hijo, la crucifixión no formaba parte de los fueros judíos sino de los romanos.” Al ver su cara desencajada, comencé a arrepentirme de haber formulado mi pregunta. “Décadas después de su muerte”, continuó, “un hombre que se decía Pablo y que no había llegado a conocer a este nuevo mesías, comenzó propagar sus ideas de manera infatigable a lo largo y ancho del Imperio romano.”.
“Se apartó, entonces, de la tradición judía, que no era agresiva a la hora de conseguir nuevos fieles, ¿no es cierto?”
“Así es”, me respondió complacido. “Y Pablo llegó a convertir a numerosos soldados imperiales entre los que reinaba un profundo estado de confusión, pues veneraban al crucificado al mismo tiempo que adoraban a Júpiter, el dios guardián del espíritu de su Emperador”.
“¿Y así llegó el cristianismo a su punto álgido?” le pregunté.
“No hijo. Si bien la voz se fue propagando, pasaron tres siglos en que su recuerdo estuvo a punto de borrarse. Pero un día el eco de las prédicas de Pablo llegó hasta la corte de un poderoso emperador llamado Constantino, que acababa de eliminar a los que lo hacían sombra en el poder. Y se dice que en medio de una de sus campañas en la que estaba a punto de ser derrotado, contempló una luz cegadora en los cielos en la que se dibujaba un aspa con una pequeña P encima y oyó una voz que le dictaba: ‘Conquistarás bajo este signo.’”
“Entonces”, comenté, “si otro emperador se hubiese sentido atraído por el credo judío en lugar del heredero, nuestra historia habría sido muy distinta”.
“Sí, Constantino”, comentó melancólico. “Y en mi bienamada biblioteca que habías de heredar un día y que, siguiendo el consejo de Coronel, acabo de hacer pasto de las llamas, podrías haber averiguado que este emperador, prócer del cristianismo, no se hizo bautizar hasta momentos antes de su muerte y, no sólo siguió adorando a Júpiter, a Apolo y a las otras divinidades romanas, sino que su vida tampoco siguió en nada las sabios consejos de Cristo: feneció a su hijo por adúltero y ordenó que ahogaran a su esposa, por lo que su propia madre le demandó que construyese templos cristianos para redimirse de sus horribles pecados. Así hizo de la antigua Bizancio una nueva Roma que bautizó con el nombre de Constantinopla”.
Luego, mi padre agarró con fuerza la minora y, cuando se disponía a dejar la sala volvió a mi vera para interrumpir mi comentario “pero, abí, la apostasía es castigada...”
“Andrés, el mundo universo ha menester de visiones disparejas. Nunca permitas que el cristianismo ni ninguna otra fe de fin a nuestra cultura y nuestras tradiciones. Es lo único que nos queda. Lo llevamos escrito en el corazón y en el Libro.” Y esta vez sí que se fue, permitiendo que el aire volviese entrar a mis pulmones.
Como en las otras casas, el miedo entró en la nuestra para dominarlo todo. A mi padre no le quedó un cabello que arrancarse de las cejas y pestañas, lo que trajo alguna que otra mofa en el vecindario. “¡Maldita sea mi suerte!” maldecía. Para mayor desgracia perdió el apetito y, si de suyo ya era flaco, acabó tan esquelético que era cosa de espanto. Mi madre no daba con la manera de calmarlo y lo único conseguían sus lamentos era emperorar las cosas. A veces le acercaba el laúd para que se distrajera y pensara en otras cosas. Siempre había tenido un oído prodigioso para los acordes: si estaba de buenas era el alma de las reuniones familiares; en cambio, cuando algo le quitaba el sueño, el mero silvido de una nana o de uno de los aires milenarios que conocía podía partirle el corazón a los más alegres bufones de la Corte. Aquellos silvidos de dolor hacían derretirse a las candelas, hasta que un día mi madre llegó a sugerirle el abandono de aquella tierra maldita, porque, piensa en tus hijos, se nos estaban dando buena acogida en Navarra y en Lisboa, y hasta los turcos nos apreciaban más que estos condenados fanáticos. Acto seguido, la puerta de su dormitorio quedó cerrada por lo que su discusión no llegó a nuestros intrigados oídos. Lo cierto es que nunca más se habló de eso en casa. En cambio, mi padre decidió tomar cartas en el asunto para evitar de una vez por todas que ningún género de sospecha hiciera sombra sobre nuestro nombre. Así, hubo un momento en que mis hermanos y yo ya no podíamos comer un sólo chorizo más, ni una morcilla de arroz, ni un jamón curado, ni más orejas y morros de puerco. De igual modo, le dio por que dedicásemos los sábados a pasear no sé cuantas veces la Calle Real de arriba a abajo con las peores ropas que encontrábamos en el desván. A mis hermanos y a mí nos sacaba los colores andar con esas trazas en un día tan señalado. Más tarde, tuvo noticia de que en Burgos, un tal Sánchez del Pulgar, había dado fin de su fortuna y estaba decidido a vender su título nobiliario. El malgasto sus ahorros en la compra de ese documento no sirvió sino para atraer más burlas al descubrirse que el tal marqués no era marqués y que, con la complacencia de los alguaciles locales, se dedicaba a vaciar las arcas de los advenedizos cristianos nuevos que trataban de comprar el respeto ajeno. Testarudo como era, consiguió hacerse por fin con el deseado título. Por fortuna, no nos enteramos de que aquél también era falso hasta después de su fallecimiento. Los pocos maravedíes que le quedaron tras sus aventuras con la nobleza, los empleó en puntuales donaciones y diezmos que entregaba al obispado para la construcción de una enorme catedral junto a nuestro barrio, que decían iba a construir Juan Gil de Hontanón, el mismo masón que trabajaba en la de Salamanca. En reconocimiento a su generosidad, años después se me permitió visitar la biblioteca catedralicia que había fundado el converso don Juan Arias Dávila, en donde me perdí absorto por tamaña cantidad de volúmenes y por la belleza del Sinodal de Segovia, el primer libro impreso en este reino, repleto de polvo y archivado en el olvido tras el sínodo celebrado en Aguilafuente. Me sorprendió, también, ver en tan sagrado lugar una copia de la traducción del Alcorán del árabe al castellano, publicada en 1456 por un erudito mudéjar llamado Yça ibn Jabir, alfaqui de Segovia.
Las miradas de rencor y los escupitajos que dirigían a nuestros pies a la entrada de la iglesia de San Miguel, nunca frenaron el impulso irrefrenable de mi padre de ir cada día a misa y dos veces, mañana y tarde, en las fiestas de guardar. De primero nos aterraba entrar en esos enormes templos llenos de figuras ensangrentadas y dolientes, de desnudos atravesados por flechas, mujeres que llevaban sus propios ojos en una bandeja, desnudos crucificados, boca arriba, boca abajo, en aspa. Yo sentía que todos los ojos de los óleos me miraban a mí. Observaba los pequeños cuadros que representaban el via crucis y me veía retratado en aquellos salvajes hechos parvas de odio que denostaban y abofeteaban a Nuestro Señor, camino del calvario. Como decía el maestro en la escuela, los judíos eran los responsables de la crucifixión de Cristo Jesús, y no los romanos como me tenía dicho papá en la época en que yo seguía pensando en Jesús como un judío extravagante. Me negaba a mirar directamente un cuadro que tenía en su centro una imagen de Dios. Las enseñanzas que hasta entonces había rescibido me prevenían contra el peligro de idolatría que suponía adorar imágenes. De hecho, me costó años acostumbrarme a mirar sin miedo al Pantocrator. Íbamos a las primeras horas de la mañana y nos sentábamos en lo más lóbrego del último banco. “Sursum corda,” pronunciaba el sacerdote con voz de ultratumba, y ya empezaban a temblarme las rodillas. Apenas levantábamos la mirada desde que salíamos de casa con las mejores prendas, hasta que nos tornábamos aliviados.
Mas la actitud de mi padre se transformó al tornarse del Camino de Santiago y de su peregrinación a Roma. Sus eternos sueños de rezar un día en el muro de las lamentaciones, el Kotel Hamaraví, habían tomado nuevos y más cercanos derroteros. Le impresionó tanto la solidaridad con que lo acogieron en los momentos más delirantes de su nueva faceta de caminante desdichado y confundido, que se prometió repetir la experiencia, bien que no tuviese ni para comer. Varias veces lo socorrieron al borde de la inanición y del congelamiento, para proporcionarle ánimos, abrigo y alimentos, junto con los otros peregrinos que debían de reunir todas las hablas de la Tierra. Regresó con mucha menos carne y con unas ojeras que compensaba con el entusiasmo con que compartía con nosotros relatos fantásticos de paredes de iglesia construidas con cráneos humanos, y de las catacumbas donde los primeros cristianos tuvieron que refugiarse como si hubiesen sido judíos. Mi pobre madre vació la despensa por que recuperase las carnes, pero ya sólo vivía para contar sus recuerdos de cadáveres incorruptos y recuerdos de las reliquias más insospechadas, que pronto habría de presenciar con mis propios ojos. Fue entonces cuando papá cambió de parescer y decidió concurrir a la hora de mayor afluencia de fieles. Llegábamos siempre los primeros para sentarnos en las primeras filas, donde esperábamos una hora eterna arrodillados y con la nariz entre las palmas. Era tal el silencio de mis padres que nunca me atreví a preguntarles qué cosa era lo que les parescía que olía tan mal. Luego, exhibían orgullosos las marcas en mis rodillas a las pocas personas que con el paso del tiempo se dignaron a saludarnos sin miedo a represalias. Yo prefería sentarme atrás, en los últimos bancos, como habíamos hecho hasta entonces, pues las terribles descripciones del infierno con que el sacerdote nos amenazaba desde el púlpito me dejaban aterrorizado y lleno de remordimientos. Las pesadillas sobre las llamas y demonios se multiplicaron a partir de entonces. La culpabilidad que sentí ante la idea del pecado original fue algo completamente nuevo para mí, que antes de esos sermones nunca se me había pasado por la imaginación.
Han pasado muchos años desde aquellas andanzas. Hoy judaízo sin miedo a las llamas. Una mañana de abril decidí que mejor era dormir con la conciencia tranquila, pasear con la cabeza bien alta y poderme mirar sin asco al espejo, que vivir la vida que otros habían fabricado para mí.
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Siendo así, comenzóse a escuchar en la lejanía un leve murmullo de canto celestial y se hizo el silencio entre la plebe. Al rato, el murmullo se hizo plática de ángeles y dejáronse ver, por fin, los infelices, enfilados por la esquina occidental de la catedral. Iban como absorvidos por los coros monacales, vestidos de absurdos monjes amarillos, sus cabellos cubiertos por capirotes decorados con ásperas escenas, escupidos y maltratados por la muchedumbre, unos llorando, otros con mirada desafiante y, de pronto, un nuevo sentir se apoderó de mí. Vi muecas y ademanes desconocidos en las
caras conocidas de los paisanos que se habían acomodado en las gradas erigidas para la ocasión. Vi lamento y vi desgracia en los cuellos humillados de dos reconciliados que acababan de dejar de ser para siempre enemigos de la fe cristiana, conducidos como un yugo por las manos femeninas de un vetusto dominico. Les daba escarnio un hábito de tosca tela en que podía apreciarse, imponente, la cruz de San Andrés, rodeada de diablillos a los que se empujaba sin piedad a las llamaradas eternas del tormento. Y se rumoreaba que si el uno era de esos herejes alumbrados y que decía haber llegado a un estado tan perfecto por medio de la oración que no le era menester practicar los sacramentos ni las buenas obras. Había chismes de que si también el otro, que no cesaba de propinarse brutales y acompasados golpes en el pecho, decía haber sido iluminado a la manera mística y defendía que, mediando la oración, podíanse llevar a cabo los actos más depravados sin pecar. Aseguraban que había sido prendido el mismo día en que se proclamó el edicto de fe mientras, encaramado a uno de los hitos del via crucis en el monte de La Piedad, dirigía hacia el sol la piadosa mirada de un nutrido grupo de fieles con la promesa de presenciar místicas visiones a cambio de que lo agasajaran con regalos pues, por el amor de Dios, de algo habría de comer.Vi ojos clavados como dagas en los nacientes pechos desnudos de una bruja babeante y embadurnada que emitía sin pausa un quejido (o quizá era una frase) que era cosa de espanto y no alcancé a descifrar, y que, a pesar de las amarras, se retorcía con horribles espasmos de otros mundos, no sé si de placer o de dolor pues su alma era poseída del Maligno. En el gemido de
terror de un relajado cuyas manos rilaban al cubrir los oídos que venían de escuchar las palabras “hoguera purificadora” oí un mundo descompuesto que a sí mismo se atormentaba. Ese ecce homo, que apenas unos días antes no era sino uno de los más ricos y respetados plateros de la ciudad, era incapaz de dar un paso sin tropezar, por lo que se murmuraba entre dientes: “le han dado suplicio de potro y agua, le han dado suplicio de potro y agua”. Medio mareado por el humo de inciensos y de antorchas, de cielos y de infiernos, no le encontraba yo sentido alguno a aquella celebración y me aferré tan ávidamente a la tabla que me daba asiento que apenas sí me percaté de la cantidad de espinas que habían atravesado mi piel y que, al día siguiente, hubo de sacarme mamá una a una, mientras escuchaba cariacontecida y en silencio mi relato de lo acaecido en la concurrida Plaza Mayor. Hoy comprendo, por fin, su semblante y su sigilo.Al sentir “¡al auto de fe!” entre las pláticas, yo había acudido loco de contento a ver otra de aquellas funciones para las que solíamos congregarnos en el atrio de San Martín a escuchar voces de ultratumba que nos hablaban de ocultos misterios sobre la bondad y la muerte, la avaricia y la lujuria. Harto equivocados andábamos. No podía dar fe a mis ojos cuando dieron, entre los reos, con el Padre Eugenio, que hasta aquel momento era
venerado en la parroquia por su infinita bondad y que era capaz de enumerar todos y cada uno de los nombres de su numerosa grey. Se me hizo un nudo en la garganta y no pude por menos de preguntar qué era eso del pecado nefando en el que había caído; “calla el pico, mocoso insolente” fue lo único que obtuve por respuesta. Otros muchos fueron excomunicados y juzgados por crímenes que mi infantil inocencia no acertaba a comprender: los unos eran mahometizantes, hechiceros y apóstatas; los otros, usureros, blasfemos y bígamos. Pero la única sentencia que consiguió invadir mis sueños en los años que siguieron a aquel suceso fue la que se dictó al relajado: se lo acusaba de pertinaz, de haber insistido (“¡marrano!” le espetaba su propia mujer bañada en lágrimas, “¡perro judío!” otros) obstinadamente en el error de practicar secretamente la ley de Moisés, de ser un perverso relapso que reincidía en una herejía de la que había abjurado años antes y, por ello, y por otros abominables actos judaizantes, se lo relajaba a la justicia y brazo seglar y confiscación de bienes por valor de no recuerdo cuántos miles de ducados. Con el manual de inquisidores bajo el brazo y sin dejar de dirigir sus miradas de tiempo en tiempo al escriba, el familiar del Santo Oficio entregaba ahora, con gesto displicente, un diezmo de dicha suma al hijo delator del platero, quien lo aceptaba haciendo reverencias bajo las apabullantes miradas de sus prójimos. Un suave “Adonai ejad” fue lo único que dejaron salir los labios del ajusticiado al ser invitado a una última oración. Acabada la diversión y con la plaza casi vacía horas después de que lo ajusticiasen, mi mirada continuaba estancada en el mismo espacio en que un hermoso archiduque, verdugo de honor, había encendido, entre una algarabía ensordecedora, la enorme hoguera que había de evitar el derramamiento de sangre impura. Días habían pasado y no conseguía arrancarme de las narices aquel hedor a pira humana mezclado con el de muslos de gallina y otras viandas que allí mismo se habían consumido de manera voraz.Con la caída en desgracia del platero, las estrechas calles de la aljama amurallada, otrora inundadas de vida por el comercio de la plata y de las joyas, se vistieron de tristeza y soledad por unos días, asediadas tan sólo por los usurpadores de la riqueza de aquel buen hombre vendido por su propio vástago. Por el gran pórtico de su tienda en la Calle del Sol desfilaron los más bellos hostiarios y cálices, vendidos a precios inauditos; iban y volvían
los acreedores cargados de relicarios, custodias de asiento y procesionales, haciendo caso omiso a las miradas atentas de la paralizada familia del finado, y allí no quedó uno de los cetros, raquetas, arcas y cruces parroquiales que habían sido el orgullo del barrio y el imán de todas las miradas. Al poco tiempo del aciago auto de fe, comenzaron a sucederse las misivas amenazadoras, los pasquines clavados en el portón de la aljama, las burlas y donaires que pretendían amedrentarnos, y fue entonces cuando nuestros ancianos rescataron del milenario pozo de sus recuerdos los tiempos de los bautismos forzosos de fray Vicente Ferrer, cuando se
atemorizaba a la judería con largas procesiones de creyentes fervorosos azotándose con cadenas. Nunca llegaron a repetirse los hurtos de infantes para bautizarlos a la fuerza, como vaticinaban los más agoreros, pero sí cundió por cada una de las calles de la ciudad la obsesión con la antigüedad del bautismo del vecino o la presencia más o menos cercana de antepasados infieles. Por décadas, las burlas sobre la falsa pureza de sangre de algunos y el lastre indeleble de ser cristiano nuevo atormentaron a figuras de grande prestigio en el lugar, como mi padre. Por contra, los villanos de baja casta por fin tenían algo de lo que enorgullecerse: su sangre. Hasta las nodrizas moriscas hubieron de buscarse otros empleos cuando vieron que ya nadie deseaba que su hijo arrastrara perniciosos resabios por haber mamado leche de mala raza.Sí, se sucedieron raros percances por aquellos días. Tuvimos noticia de que en la Plaza de la Merced un hombre llamado Pero Núñez había tenido en la sangre mancillada de su esposa la justa razón para humillarla en público. Hubo ocasión, asimismo, de escuchar una curiosa conversación en la que descubrimos que contar con un antepasado que había lucido un sambenito, en lugar de poner yugo a la cerviz, había pasado a ser motivo de orgullo al dar fe de cristianismo, aunque fuera del nuevo. Y no cuento sino los hechos de más historia, por no parecer prolijo e impertinente. Pero he de añadir uno por curioso, que cierto día un hidalgo, paciente de mi padre, se empeñó en insistir tozudamente en que se podía distinguir a los pérfidos judíos por su olor, sus narices o incluso por tener rabo. Como solía hacer mi padre, tras revelarle nuestro linaje, respondióle con calma citando la última frase de la semblanza que don Fernán Pérez de Guzmán había escrito sobre Pablo de Santa María, a quien, por otra parte, siempre consideró un traidor a su nación: “o si algunos saben que no guardan la ley, acúsenlos ante los prelados en manera que la pena sea a ellos castigo y a otros ejemplo: mas condenar a todos es no acusar a ninguno, más parece voluntad de decir mal
que celo de corrección”. Pero no era cosa de risa, que el grande temor y escándalo nos hacía tener que lidiar con algo tan dificultoso como el hábito de las costumbres judías. Ningún vecino de la aljama volvió a atreverse a contar estrellas en el cielo ni a matar animales a la manera ritual a la luz del día. Sin embargo, nadie ignoraba que en secreto se ayunaba y se preparaban las casas para el Sabbath con las candelas. Como medida de precaución, en nuestro hogar mi madre preparaba una cena de carne para festejarlo y otra de pescado, por si algún intruso llamaba a la puerta de manera repentina. Los festejos que tanto solían unir a la familia y a la comunidad acabaron por acortarse, así como las oraciones, en las que única palabra que aún figuraba en hebreo era Adonai, el nombre del Creador de todas las cosas. Esa lastimosa situación hizo que el Purim se convirtiera en nuestra fiesta más entrañable, pues conmemoraba la salvación de los judíos persas gracias a la reina Esther, quien había ocultado su identidad judía y sólo la reveló en el momento fue indispensable para salvar a su pueblo de la persecución. El Libro de Esther era nuestra esperanza: se veía como un manual para nuestra supervivencia, en donde se nos enseñaba incluso cómo negociar con los reyes.Unos compadecidos y otros con un inexplicable gesto de rencor, nuestros amigos acabaron por darnos la espalda. Arrodillado frente al castaño, mi padre pasaba las horas muertas en el huerto, amasando un puñado de tierra que miraba y olía una y otra vez, moviendo continuamente la cabeza de derecha a izquierda. Mi madre, con los ojos humedecidos, me arropaba en su regazo pensativa, mientras lo miraba de reojo desde la ventana de la cocina. Estaba desconocido. Faltaban sólo unos días para mi Bar Mitzvá, que al cumplir los trece años me incorporaría de forma oficial a la comunidad, y en lugar de adiestrarme, rumiaba palabras incomprensibles, mientras negaba y negaba algo con la cabeza, golpeando con la minora todo lo que encontraba a su paso. Aquel candelabro de siete brazos parecía quitarle el sueño: unas veces lo escondía tras los mismos adobes donde guardaba sus ahorros, otras lo volvía a sacar y se lo arrimaba a la sien para colocarlo después, meditabundo, en el centro de la mesa de roble. Los hermanos Luis y Antonio Coronel, unos amigos míos que vivían en la casa colindante, me referieron el estado de ansiedad en que también se hallaban progenitores: su padre acababa de hacer arder su expléndida biblioteca acumulada por generaciones de estudiosos. Ante el gesto de incredulidad de sus hijos, tan sólo les explicó: “Mejor que ardan estos volúmenes, que no vuestro padre”. De poco había servido la ardua decisión de bautizarnos todos y soportar la vigilancia del clero segoviano, en lugar de padecer las penas del destierro. Al menos, a diferencia de otras familias menos agraciadas, contamos con la preciosa protección del obispo don Diego de Ribera, quien se había compadecido de nuestras desgracias. Mi padre había logrado curarlo de una grave enfermedad por la que otros físicos lo daban ya por deshauciado y, en recompensa, este obispo gordito y bonachón, se preocupó personalmente de evitar todo tipo de agravio para los nuestros. Don Diego fue en verdad nuestro padre protector, nuestro ángel de la guarda, como él mismo solía decir. Fue bajo su amparo y siguiendo su consejo como mis hermanos Melchor y Gaspar protegieron su bienestar por medio de la carrera eclesiástica. Aun así, mis padres, escarmentados con otros casos de traidores y soplones, lo acogieron su ayuda con prudencia y sin mucha confianza.
Pero pasemos ya adelante y digamos cómo un día en que me entretenía mirando por el ventanal el ajetreo de las gentes que iban y venían con miradas de complicidad o desafío, entendí a mi padre gritar: “¡Andrés!” Me volví a buscar con la mirada quién había entrado, pero sólo hallé el gesto anonadado de mi madre. “¡Andrés! ¡Ven aquí ahora mismo!” repitió mi padre decidido. Registré mis espaldas para ver a quién dirigía su mandato, pero o había un fantasma en la estancia o había perdido el juicio de tanto jugar con la arena del huerto junto al castaño. Fue así como se me acercó, puso su manaza sobre mi hombro y me explicó: “A partir de este momento eres Andrés Santamaría.” Como era común en aquellos días, mi madre rompió en lágrimas desgañitándose entre tirones de pelos. Avalanzándose, lo apartó de mí y me sentó entre sus piernas, acelerando así mi estado de profunda confusión.
“¡No! No me parece buena idea, Itshak” le replicó entre gemidos mientras se limpiaba la nariz con un pañuelo rojo. “¿No puedes encontrar algo menos manido? Ya hay tres familias en el barrio que han escogido ese apellido, que acabará por denunciarnos en lugar de exculparnos.” Piensa en cualquier otra voz castellana que no sea tan sospechosa. No sé, Naranjo, Calle, Mesa, Laguna...”
Y así fue como me nombró el sacerdote, entre latines, el día de los famosos bautismos en masa en el atrio de la catedral: Andrés Laguna. A mis padres no les ofendió el que no se celebrara el sacramento en el interior del templo, pues nada podía ya herir su susceptibilidad. Como nos fuéramos acercando a la pila, sentí el corazón de mamá latir de tal prisa, apuñalado por las miradas desconfiadas que nos seguirían misa tras misa por muchos años, que discurrí que iba a caer desmayada en cualquier instante. Jamás se me volvió a llamar Jacob hasta el momento en que mis conocimientos médicos dejaron de frenar el desgaste y la locura de mi sufrido padre. Aún no he sido capaz de perdonarme el empacho que sentí cuando delante de la reducida concurrencia, balbuceó con su último aliento ese “Jacob, Adonais esté contigo,” que pudo haber arruinado una carrera que empezaba a ser prometedora. Esas fueron las mismas palabras con que me bendijo el día en que por fin se celebró mi Bar Mitzvá, compartiendo la lectura del Pentateuco y de los Profetas, como había ordenado siglos había Ezra el Escriba. Agazapado en el sótano, un viejo rabino asustado me colocó las filacterias con versículos de la Torá en la frente y el brazo izquierdo, y me hizo recitar unos párrafos en hebreo. A pesar de mi corta edad, ya por aquel entoces tenía un buen dominio de la lengua, y recité con un tono decidido. Mi padre no mencionó una palabra y permaneció allí con una mirada desconcertada, colocándose obsesivamente el manto ritual que se había echado a la espalda. Después de esperar tantos años aquel día mágico, brindamos por la vida, “¡le-jaim!” y comimos sin ganas y a toda prisa las pastas que había preparado la mujer del rabino.
Unos años después del bautizo, volví a buscar en mi padre la explicación de un agravio que habíamos recibido mi amigo Antonio Pérez y yo en saliendo del colegio. Al pasar a nuestro costado, dos muchachos que nunca antes habíamos visto nos gritaron airados y soberbios: “¡apóstatas!” Al llegar a casa, solicité a mi abí que me revelara el significado de tan extraña voz. Con gesto sobrio, achicó los ojos mirando a la pared y procedió a distinguir entre las tres maneras de pecados contra la fe: “el de herejía”, me explicó, “que cometen aquellos cristianos que se apartan de la fe católica, como los luteranos y calvinistas; el de infidelidad, que cometen los que no habían sido bautizados, como los turcos o berberiscos; y el de apostasía, del que son culpables los bautizados que se apartan de su nueva fe, como los judaizantes y los moriscos”. Sin notar que en poco estaba aclarando mis dudas, continuó su perorata: “Dentro de la apostasía, la Iglesia distingue entre aquéllos que la cometen en lo exterior, como los desafiantes moriscos, que la pregonan en público, o los temerosos renegados, que se circuncidan a escondidas; los que apostatan en lo interior, sin que pueda verse marca alguna en su cuerpo ni ningún otro testimonio de ello; y los que...” el tercer tipo de apostasía que enumeró no se me acuerda, en parte porque en mi cabeza todavía estaba intentando comprender los dos primeros. Mas, como se me había enseñado de pequeño, continué cuestionando el agravio que acababa de recibir porque quería comprender. Entonces mi padre se puso muy serio y, en voz baja y al oído, dedujo que aquellos chicos debían de haber tenido noticia de que éramos conversos y sus padres debían de sospechar a escondidas seguimos judaizando.
“Y ¿judaízas padre?”, inquirí. Su semblante, entonces, se relajó y me mandó a jugar con la peonza al patio interior.
Por aquellas infaustas fechas se acusó también a unos vecinos nuestros de haber robado una hostia consagrada de la iglesia de San Esteban, la cual se disponían a quemar en la sinagoga que se encontraba a un tiro de ballesta de nuestro antiguo casón. Comentaban las habladurías que, momentos antes de que pudieran cometer el sacrilegio, el sagrado cuerpo de Cristo había escapado de entre sus manos y, aterrorizados, vieron cómo atravesaba las paredes de la sinagoga desquebrajándolas. Yo mismo vi la brecha desde el techo hasta el suelo que decían había franqueado en la pared. Y estos vecinos pertenecían a la misma familia que, una generación antes, habían sido condenados por despeñar a una niña cristiana que, al parecer, habían raptado e intentado obligar a que renegara de su fe. La niña andaba temerosa de que fueran a acabar con su vida para usar su sangre en una de sus perversas ceremonias religiosas, pero vio sorprendida cómo, sin más, la empujaban peñas abajo por el precipicio ante su obstinada negativa a abandonar la verdadera fe. Con ojos enlagrimados y consumida por una angustia que le cortaba la respiración, aseguraba que Simón y su hermano hubiesen dado fin de ella de no haber sido por la gloriosa intervención de dos ángeles de dorados bucles, que la habían bajado en volandas hasta el chorro de agua de manantial donde la habían encontrado amedrentada dos soldados de la Guardia Real.
Entre tanto, me partía el corazón ver sufrir así a mi padre, que cada día temía más por nuestras vidas, así que una mañana, sin poderlo resistir más, lo miré fijamente a los ojos y le dije tan sólo: “¿Por qué?” No hubo menester de más palabras. Cuando lo vi torcer la mirada hacia el suelo y quedarse en silencio un rato, tuve la extraña sensación de que llevaba años esperando aquella pregunta y meditando su respuesta: “Constantino”, respondió.
Sentado en su mecedora junto al hogar, trató de calmar mi expresión de extrañeza informándome con el mismo tono de voz con que, en momentos más felices, nos narraba cuentos a los Coronel y a mí. Mucho de lo que relató no me era nuevo, y él lo sabía, pero sí me sabía aderezado con otras especias. Y arrancose a hablarme de un inhóspito lugar llamado Judea, que no era, al parecer, sino una yerma tierra en los confines del Imperio romano: “En las dos primeras centurias de la era cristiana”, me aseguraba mi padre, “habían aparecido por allá numerosos hombres con poderes que decían ser el Mesías y que trataban de procurarse seguidores con sus milagros, que en aquella época no eran algo tan extraordinario como ahora. De entre aquellos rabinos milagreros surgió uno que hacíase llamar el Cristo y que tuvo la virtud de aparecer en el lugar y el tiempo más propicios. Cuando fue a parar a manos de un gobernador romano, Poncio Pilatos, éste se desentedió de él, y accedió a la petición popular de...” y, de pronto, levantó la voz de manera inusitada, "¡condenarlo al ritual romano de la crucifixión!"
De rodillas frente a mí, insistió presionándome las sienes entre sus manos aguerridas: “Escucha bien mis palabras, hijo, la crucifixión no formaba parte de los fueros judíos sino de los romanos.” Al ver su cara desencajada, comencé a arrepentirme de haber formulado mi pregunta. “Décadas después de su muerte”, continuó, “un hombre que se decía Pablo y que no había llegado a conocer a este nuevo mesías, comenzó propagar sus ideas de manera infatigable a lo largo y ancho del Imperio romano.”.
“Se apartó, entonces, de la tradición judía, que no era agresiva a la hora de conseguir nuevos fieles, ¿no es cierto?”
“Así es”, me respondió complacido. “Y Pablo llegó a convertir a numerosos soldados imperiales entre los que reinaba un profundo estado de confusión, pues veneraban al crucificado al mismo tiempo que adoraban a Júpiter, el dios guardián del espíritu de su Emperador”.
“¿Y así llegó el cristianismo a su punto álgido?” le pregunté.
“No hijo. Si bien la voz se fue propagando, pasaron tres siglos en que su recuerdo estuvo a punto de borrarse. Pero un día el eco de las prédicas de Pablo llegó hasta la corte de un poderoso emperador llamado Constantino, que acababa de eliminar a los que lo hacían sombra en el poder. Y se dice que en medio de una de sus campañas en la que estaba a punto de ser derrotado, contempló una luz cegadora en los cielos en la que se dibujaba un aspa con una pequeña P encima y oyó una voz que le dictaba: ‘Conquistarás bajo este signo.’”
“Entonces”, comenté, “si otro emperador se hubiese sentido atraído por el credo judío en lugar del heredero, nuestra historia habría sido muy distinta”.
“Sí, Constantino”, comentó melancólico. “Y en mi bienamada biblioteca que habías de heredar un día y que, siguiendo el consejo de Coronel, acabo de hacer pasto de las llamas, podrías haber averiguado que este emperador, prócer del cristianismo, no se hizo bautizar hasta momentos antes de su muerte y, no sólo siguió adorando a Júpiter, a Apolo y a las otras divinidades romanas, sino que su vida tampoco siguió en nada las sabios consejos de Cristo: feneció a su hijo por adúltero y ordenó que ahogaran a su esposa, por lo que su propia madre le demandó que construyese templos cristianos para redimirse de sus horribles pecados. Así hizo de la antigua Bizancio una nueva Roma que bautizó con el nombre de Constantinopla”.
Luego, mi padre agarró con fuerza la minora y, cuando se disponía a dejar la sala volvió a mi vera para interrumpir mi comentario “pero, abí, la apostasía es castigada...”
“Andrés, el mundo universo ha menester de visiones disparejas. Nunca permitas que el cristianismo ni ninguna otra fe de fin a nuestra cultura y nuestras tradiciones. Es lo único que nos queda. Lo llevamos escrito en el corazón y en el Libro.” Y esta vez sí que se fue, permitiendo que el aire volviese entrar a mis pulmones.
Como en las otras casas, el miedo entró en la nuestra para dominarlo todo. A mi padre no le quedó un cabello que arrancarse de las cejas y pestañas, lo que trajo alguna que otra mofa en el vecindario. “¡Maldita sea mi suerte!” maldecía. Para mayor desgracia perdió el apetito y, si de suyo ya era flaco, acabó tan esquelético que era cosa de espanto. Mi madre no daba con la manera de calmarlo y lo único conseguían sus lamentos era emperorar las cosas. A veces le acercaba el laúd para que se distrajera y pensara en otras cosas. Siempre había tenido un oído prodigioso para los acordes: si estaba de buenas era el alma de las reuniones familiares; en cambio, cuando algo le quitaba el sueño, el mero silvido de una nana o de uno de los aires milenarios que conocía podía partirle el corazón a los más alegres bufones de la Corte. Aquellos silvidos de dolor hacían derretirse a las candelas, hasta que un día mi madre llegó a sugerirle el abandono de aquella tierra maldita, porque, piensa en tus hijos, se nos estaban dando buena acogida en Navarra y en Lisboa, y hasta los turcos nos apreciaban más que estos condenados fanáticos. Acto seguido, la puerta de su dormitorio quedó cerrada por lo que su discusión no llegó a nuestros intrigados oídos. Lo cierto es que nunca más se habló de eso en casa. En cambio, mi padre decidió tomar cartas en el asunto para evitar de una vez por todas que ningún género de sospecha hiciera sombra sobre nuestro nombre. Así, hubo un momento en que mis hermanos y yo ya no podíamos comer un sólo chorizo más, ni una morcilla de arroz, ni un jamón curado, ni más orejas y morros de puerco. De igual modo, le dio por que dedicásemos los sábados a pasear no sé cuantas veces la Calle Real de arriba a abajo con las peores ropas que encontrábamos en el desván. A mis hermanos y a mí nos sacaba los colores andar con esas trazas en un día tan señalado. Más tarde, tuvo noticia de que en Burgos, un tal Sánchez del Pulgar, había dado fin de su fortuna y estaba decidido a vender su título nobiliario. El malgasto sus ahorros en la compra de ese documento no sirvió sino para atraer más burlas al descubrirse que el tal marqués no era marqués y que, con la complacencia de los alguaciles locales, se dedicaba a vaciar las arcas de los advenedizos cristianos nuevos que trataban de comprar el respeto ajeno. Testarudo como era, consiguió hacerse por fin con el deseado título. Por fortuna, no nos enteramos de que aquél también era falso hasta después de su fallecimiento. Los pocos maravedíes que le quedaron tras sus aventuras con la nobleza, los empleó en puntuales donaciones y diezmos que entregaba al obispado para la construcción de una enorme catedral junto a nuestro barrio, que decían iba a construir Juan Gil de Hontanón, el mismo masón que trabajaba en la de Salamanca. En reconocimiento a su generosidad, años después se me permitió visitar la biblioteca catedralicia que había fundado el converso don Juan Arias Dávila, en donde me perdí absorto por tamaña cantidad de volúmenes y por la belleza del Sinodal de Segovia, el primer libro impreso en este reino, repleto de polvo y archivado en el olvido tras el sínodo celebrado en Aguilafuente. Me sorprendió, también, ver en tan sagrado lugar una copia de la traducción del Alcorán del árabe al castellano, publicada en 1456 por un erudito mudéjar llamado Yça ibn Jabir, alfaqui de Segovia.
Las miradas de rencor y los escupitajos que dirigían a nuestros pies a la entrada de la iglesia de San Miguel, nunca frenaron el impulso irrefrenable de mi padre de ir cada día a misa y dos veces, mañana y tarde, en las fiestas de guardar. De primero nos aterraba entrar en esos enormes templos llenos de figuras ensangrentadas y dolientes, de desnudos atravesados por flechas, mujeres que llevaban sus propios ojos en una bandeja, desnudos crucificados, boca arriba, boca abajo, en aspa. Yo sentía que todos los ojos de los óleos me miraban a mí. Observaba los pequeños cuadros que representaban el via crucis y me veía retratado en aquellos salvajes hechos parvas de odio que denostaban y abofeteaban a Nuestro Señor, camino del calvario. Como decía el maestro en la escuela, los judíos eran los responsables de la crucifixión de Cristo Jesús, y no los romanos como me tenía dicho papá en la época en que yo seguía pensando en Jesús como un judío extravagante. Me negaba a mirar directamente un cuadro que tenía en su centro una imagen de Dios. Las enseñanzas que hasta entonces había rescibido me prevenían contra el peligro de idolatría que suponía adorar imágenes. De hecho, me costó años acostumbrarme a mirar sin miedo al Pantocrator. Íbamos a las primeras horas de la mañana y nos sentábamos en lo más lóbrego del último banco. “Sursum corda,” pronunciaba el sacerdote con voz de ultratumba, y ya empezaban a temblarme las rodillas. Apenas levantábamos la mirada desde que salíamos de casa con las mejores prendas, hasta que nos tornábamos aliviados.
Mas la actitud de mi padre se transformó al tornarse del Camino de Santiago y de su peregrinación a Roma. Sus eternos sueños de rezar un día en el muro de las lamentaciones, el Kotel Hamaraví, habían tomado nuevos y más cercanos derroteros. Le impresionó tanto la solidaridad con que lo acogieron en los momentos más delirantes de su nueva faceta de caminante desdichado y confundido, que se prometió repetir la experiencia, bien que no tuviese ni para comer. Varias veces lo socorrieron al borde de la inanición y del congelamiento, para proporcionarle ánimos, abrigo y alimentos, junto con los otros peregrinos que debían de reunir todas las hablas de la Tierra. Regresó con mucha menos carne y con unas ojeras que compensaba con el entusiasmo con que compartía con nosotros relatos fantásticos de paredes de iglesia construidas con cráneos humanos, y de las catacumbas donde los primeros cristianos tuvieron que refugiarse como si hubiesen sido judíos. Mi pobre madre vació la despensa por que recuperase las carnes, pero ya sólo vivía para contar sus recuerdos de cadáveres incorruptos y recuerdos de las reliquias más insospechadas, que pronto habría de presenciar con mis propios ojos. Fue entonces cuando papá cambió de parescer y decidió concurrir a la hora de mayor afluencia de fieles. Llegábamos siempre los primeros para sentarnos en las primeras filas, donde esperábamos una hora eterna arrodillados y con la nariz entre las palmas. Era tal el silencio de mis padres que nunca me atreví a preguntarles qué cosa era lo que les parescía que olía tan mal. Luego, exhibían orgullosos las marcas en mis rodillas a las pocas personas que con el paso del tiempo se dignaron a saludarnos sin miedo a represalias. Yo prefería sentarme atrás, en los últimos bancos, como habíamos hecho hasta entonces, pues las terribles descripciones del infierno con que el sacerdote nos amenazaba desde el púlpito me dejaban aterrorizado y lleno de remordimientos. Las pesadillas sobre las llamas y demonios se multiplicaron a partir de entonces. La culpabilidad que sentí ante la idea del pecado original fue algo completamente nuevo para mí, que antes de esos sermones nunca se me había pasado por la imaginación.
Han pasado muchos años desde aquellas andanzas. Hoy judaízo sin miedo a las llamas. Una mañana de abril decidí que mejor era dormir con la conciencia tranquila, pasear con la cabeza bien alta y poderme mirar sin asco al espejo, que vivir la vida que otros habían fabricado para mí.
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