miércoles, 2 de octubre de 2013

"Estos son nuestros mexicanos"


            Alguna que otra vez mis amigos segovianos me han acusado de haberme vuelto demasiado políticamente correcto. Como responde mi hija a casi todo lo que le pregunto: puede que sí y puede que no. En fin, últimamente se me despiertan sentimientos ambivalentes cuando veo en los medios sociales bromas sobre "Españistán". Este a priori gracioso neologismo me desagrada un poco y voy a explicar por qué. Aparte de que denota un (justificado o no) fatalismo y una resignación que me parece un poco deprimente, también me recuerda a un comentario xenófobo y racista que escuché en Rusia el año pasado. A mediados de abril hice un viaje nocturno en tren litera de San Petersburgo a Moscú. Como se tardaba unas nueve horas en llegar, pensé que lo más cómodo sería viajar por la noche durmiendo. El tren salía a la una de la mañana, así que caí desplomado en una de las cuatro literas del vagón y no tardé en quedarme dormido.

            Para mi desgracia (o mi suerte), al poco tiempo entraron tres hombres rusos y se pusieron a beber vodka alegremente, echando unas carcajadas escandalosas. Por mucho que la encargada de nuestro vagón les rogaba que bajaran la voz, no había manera: los tres amigos y su vodka se habían vuelto indomables. Dos horas después de intentar desesperadamente meterme los tapones aún más dentro del oído, decidí bajarme de la litera y decirles que ya estaba bien. Me bajé decidido y dispuesto a imponer la ley, pero inmediatamente uno de ellos, sonriente, me echó un brazo al hombro y con la otra mano me puso un vaso llenito de vodka ruso a los labios. Yo, claro, le dije que no gracias, que no eran horas. Sólo uno de los tres sabía un poquito de inglés rudimentario, las suficientes palabras para informarme de que se trataba de un brindis "¡Por Rusia!" En aquel momento no me pareció oportuno ofender el fervor nacionalista de tres señores borrachos, así que acabé haciendo el brindis de un trago, como ellos. No había puesto el vaso en la mesita todavía, cuando ya tenía el segundo vaso en los labios. Horrorizado les dije que yo lo que quería era dormir, que me esperaba un día agotador en Moscú al día siguiente. Supongo que no me entendieron, pero mis gestos no podían ser más claros. Entonces, el traductor improvisado me dio a entender que en Rusia siempre se hacen dos brindis; no uno. Sí, claro, le dije, pero no hubo quien se resistiera a la insistencia de esos tres curiosos borrachines. En fin, luego insistieron en que era la penúltima, la última… y al final, el vodka empezó a saberme mucho más rico y llegué a Moscú cantando las glorias de la imperial Rusia.

            A pesar del sueño que pasé al día siguiente, todavía tengo un grato recuerdo de aquella noche: de mi sorpresa al darme cuenta de que se acababan de conocer también ellos y al ver todo lo que se puede conocer de la vida de una persona que no habla tu idioma solo con las fotos en un ordenador portátil. La verdad es que no pudieron ser más amables: no me dejaron pagar el té del desayuno y uno de ellos, que iba a Moscú a una entrevista de trabajo, se ofreció amablemente a darme un tour de la Plaza Roja y el Kremlin. Desgraciadamente no era el traductor, sino un veterano de la guerra de Afganistán y cinturón negro de karate que apenas sabía dos o tres palabras de inglés. Entre las pocas que pude entender fueron las de "americanos imperialistas", al poco tiempo de decirle que vivía en California. Como sólo sé tres palabras en ruso, no me dio para informarle de que me parecía irónico que un ruso de mi generación acusara a nadie de imperialista. En cualquier caso, una vez en la Plaza Roja se ofreció a hacerme mil y una fotos, me dio su teléfono para que le llamara al día siguiente, me compró un icono carísimo de regalo y me enseñó cómo oran los cristianos ortodoxo. Yo no paraba de darle mis más sinceras gracias por su amabilidad y por la excelente imagen que me estaba dejando de los rusos, hasta que un momento dado, le vi quedarse mirando a un grupo de jóvenes más oscuritos que él y luego mover la cabeza de derecha a izquierda con resignación antes de afirmar en perfecto inglés: "These are our Mexicans". Luego me explicó que eran inmigrantes de los países "-stán", como se dice allí despectivamente, y que causaban los mismos problemas que los mexicanos en donde yo vivía.

            Sobra decir que se me cayó el alma a los pies: toda mi excelente imagen de mi nuevo amigo ruso se me desmoronó en ese momento. El desprecio racista y xenófobo de su frase me borró la sonrisa de la cara. Acostumbrado a escuchar y leer de vez en cuando comentarios despectivos contra los inmigrantes mexicanos (casi dos millones de los cuales han sido deportados por la administración de Obama y una de sus ministras, que es, desde ayer, la nueva rectora de la universidad donde trabajo), me imaginé las penurias que debían de pasar algunos de estos inmigrantes de los países "-stán" en Rusia, un país bastante menos "políticamente correcto" que Estados Unidos, a juzgar por las leyes homófobas del gobierno de Putin.

            Desde ese día, por tanto, el neologismo "Españistán" me dejó de hacer gracia alguna. Sé que el español medio no sabe prácticamente nada de los países "-stán", aparte de que en su día formaron parte de la Unión Soviética y que tienen algún que otro equipo de fútbol y ciclismo famoso porque hay un millonario suelto por allí que suelta la pasta, pero no por ello se justifica el rancio hedor a superioridad cultural (e indirectamente económica) que, en mi opinión, evoca el término. Vale. Ya podéis todos mandarme un correo electrónico cuando queráis para recordarme lo políticamente correcto que me he vuelto.


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