lunes, 17 de noviembre de 2008

El Segoviense

Por Ignacio López-Calvo

Publicado en Artesanías Literarias 15 (Mayo 2005): 11-18 y en Cuadernos de ALDEEU 21 (Nov. 2005): 84-93
Siendo así, comenzóse a escuchar en la lejanía un leve murmullo de canto celestial y se hizo el silencio entre la plebe. Al rato, el murmullo se hizo plática de ángeles y dejáronse ver, por fin, los infelices, enfilados por la esquina occidental de la catedral. Iban como absorvidos por los coros monacales, vestidos de absurdos monjes amarillos, sus cabellos cubiertos por capirotes decorados con ásperas escenas, escupidos y maltratados por la muchedumbre, unos llorando, otros con mirada desafiante y, de pronto, un nuevo sentir se apoderó de mí. Vi muecas y ademanes desconocidos en las caras conocidas de los paisanos que se habían acomodado en las gradas erigidas para la ocasión. Vi lamento y vi desgracia en los cuellos humillados de dos reconciliados que acababan de dejar de ser para siempre enemigos de la fe cristiana, conducidos como un yugo por las manos femeninas de un vetusto dominico. Les daba escarnio un hábito de tosca tela en que podía apreciarse, imponente, la cruz de San Andrés, rodeada de diablillos a los que se empujaba sin piedad a las llamaradas eternas del tormento. Y se rumoreaba que si el uno era de esos herejes alumbrados y que decía haber llegado a un estado tan perfecto por medio de la oración que no le era menester practicar los sacramentos ni las buenas obras. Había chismes de que si también el otro, que no cesaba de propinarse brutales y acompasados golpes en el pecho, decía haber sido iluminado a la manera mística y defendía que, mediando la oración, podíanse llevar a cabo los actos más depravados sin pecar. Aseguraban que había sido prendido el mismo día en que se proclamó el edicto de fe mientras, encaramado a uno de los hitos del via crucis en el monte de La Piedad, dirigía hacia el sol la piadosa mirada de un nutrido grupo de fieles con la promesa de presenciar místicas visiones a cambio de que lo agasajaran con regalos pues, por el amor de Dios, de algo habría de comer.

Vi ojos clavados como dagas en los nacientes pechos desnudos de una bruja babeante y embadurnada que emitía sin pausa un quejido (o quizá era una frase) que era cosa de espanto y no alcancé a descifrar, y que, a pesar de las amarras, se retorcía con horribles espasmos de otros mundos, no sé si de placer o de dolor pues su alma era poseída del Maligno. En el gemido de
terror de un relajado cuyas manos rilaban al cubrir los oídos que venían de escuchar las palabras “hoguera purificadora” oí un mundo descompuesto que a sí mismo se atormentaba. Ese ecce homo, que apenas unos días antes no era sino uno de los más ricos y respetados plateros de la ciudad, era incapaz de dar un paso sin tropezar, por lo que se murmuraba entre dientes: “le han dado suplicio de potro y agua, le han dado suplicio de potro y agua”. Medio mareado por el humo de inciensos y de antorchas, de cielos y de infiernos, no le encontraba yo sentido alguno a aquella celebración y me aferré tan ávidamente a la tabla que me daba asiento que apenas sí me percaté de la cantidad de espinas que habían atravesado mi piel y que, al día siguiente, hubo de sacarme mamá una a una, mientras escuchaba cariacontecida y en silencio mi relato de lo acaecido en la concurrida Plaza Mayor. Hoy comprendo, por fin, su semblante y su sigilo.

Al sentir “¡al auto de fe!” entre las pláticas, yo había acudido loco de contento a ver otra de aquellas funciones para las que solíamos congregarnos en el atrio de San Martín a escuchar voces de ultratumba que nos hablaban de ocultos misterios sobre la bondad y la muerte, la avaricia y la lujuria. Harto equivocados andábamos. No podía dar fe a mis ojos cuando dieron, entre los reos, con el Padre Eugenio, que hasta aquel momento era
venerado en la parroquia por su infinita bondad y que era capaz de enumerar todos y cada uno de los nombres de su numerosa grey. Se me hizo un nudo en la garganta y no pude por menos de preguntar qué era eso del pecado nefando en el que había caído; “calla el pico, mocoso insolente” fue lo único que obtuve por respuesta. Otros muchos fueron excomunicados y juzgados por crímenes que mi infantil inocencia no acertaba a comprender: los unos eran mahometizantes, hechiceros y apóstatas; los otros, usureros, blasfemos y bígamos. Pero la única sentencia que consiguió invadir mis sueños en los años que siguieron a aquel suceso fue la que se dictó al relajado: se lo acusaba de pertinaz, de haber insistido (“¡marrano!” le espetaba su propia mujer bañada en lágrimas, “¡perro judío!” otros) obstinadamente en el error de practicar secretamente la ley de Moisés, de ser un perverso relapso que reincidía en una herejía de la que había abjurado años antes y, por ello, y por otros abominables actos judaizantes, se lo relajaba a la justicia y brazo seglar y confiscación de bienes por valor de no recuerdo cuántos miles de ducados. Con el manual de inquisidores bajo el brazo y sin dejar de dirigir sus miradas de tiempo en tiempo al escriba, el familiar del Santo Oficio entregaba ahora, con gesto displicente, un diezmo de dicha suma al hijo delator del platero, quien lo aceptaba haciendo reverencias bajo las apabullantes miradas de sus prójimos. Un suave “Adonai ejad” fue lo único que dejaron salir los labios del ajusticiado al ser invitado a una última oración. Acabada la diversión y con la plaza casi vacía horas después de que lo ajusticiasen, mi mirada continuaba estancada en el mismo espacio en que un hermoso archiduque, verdugo de honor, había encendido, entre una algarabía ensordecedora, la enorme hoguera que había de evitar el derramamiento de sangre impura. Días habían pasado y no conseguía arrancarme de las narices aquel hedor a pira humana mezclado con el de muslos de gallina y otras viandas que allí mismo se habían consumido de manera voraz.

Con la caída en desgracia del platero, las estrechas calles de la aljama amurallada, otrora inundadas de vida por el comercio de la plata y de las joyas, se vistieron de tristeza y soledad por unos días, asediadas tan sólo por los usurpadores de la riqueza de aquel buen hombre vendido por su propio vástago. Por el gran pórtico de su tienda en la Calle del Sol desfilaron los más bellos hostiarios y cálices, vendidos a precios inauditos; iban y volvían
los acreedores cargados de relicarios, custodias de asiento y procesionales, haciendo caso omiso a las miradas atentas de la paralizada familia del finado, y allí no quedó uno de los cetros, raquetas, arcas y cruces parroquiales que habían sido el orgullo del barrio y el imán de todas las miradas. Al poco tiempo del aciago auto de fe, comenzaron a sucederse las misivas amenazadoras, los pasquines clavados en el portón de la aljama, las burlas y donaires que pretendían amedrentarnos, y fue entonces cuando nuestros ancianos rescataron del milenario pozo de sus recuerdos los tiempos de los bautismos forzosos de fray Vicente Ferrer, cuando se atemorizaba a la judería con largas procesiones de creyentes fervorosos azotándose con cadenas. Nunca llegaron a repetirse los hurtos de infantes para bautizarlos a la fuerza, como vaticinaban los más agoreros, pero sí cundió por cada una de las calles de la ciudad la obsesión con la antigüedad del bautismo del vecino o la presencia más o menos cercana de antepasados infieles. Por décadas, las burlas sobre la falsa pureza de sangre de algunos y el lastre indeleble de ser cristiano nuevo atormentaron a figuras de grande prestigio en el lugar, como mi padre. Por contra, los villanos de baja casta por fin tenían algo de lo que enorgullecerse: su sangre. Hasta las nodrizas moriscas hubieron de buscarse otros empleos cuando vieron que ya nadie deseaba que su hijo arrastrara perniciosos resabios por haber mamado leche de mala raza.

Sí, se sucedieron raros percances por aquellos días. Tuvimos noticia de que en la Plaza de la Merced un hombre llamado Pero Núñez había tenido en la sangre mancillada de su esposa la justa razón para humillarla en público. Hubo ocasión, asimismo, de escuchar una curiosa conversación en la que descubrimos que contar con un antepasado que había lucido un sambenito, en lugar de poner yugo a la cerviz, había pasado a ser motivo de orgullo al dar fe de cristianismo, aunque fuera del nuevo. Y no cuento sino los hechos de más historia, por no parecer prolijo e impertinente. Pero he de añadir uno por curioso, que cierto día un hidalgo, paciente de mi padre, se empeñó en insistir tozudamente en que se podía distinguir a los pérfidos judíos por su olor, sus narices o incluso por tener rabo. Como solía hacer mi padre, tras revelarle nuestro linaje, respondióle con calma citando la última frase de la semblanza que don Fernán Pérez de Guzmán había escrito sobre Pablo de Santa María, a quien, por otra parte, siempre consideró un traidor a su nación: “o si algunos saben que no guardan la ley, acúsenlos ante los prelados en manera que la pena sea a ellos castigo y a otros ejemplo: mas condenar a todos es no acusar a ninguno, más parece voluntad de decir mal
que celo de corrección”. Pero no era cosa de risa, que el grande temor y escándalo nos hacía tener que lidiar con algo tan dificultoso como el hábito de las costumbres judías. Ningún vecino de la aljama volvió a atreverse a contar estrellas en el cielo ni a matar animales a la manera ritual a la luz del día. Sin embargo, nadie ignoraba que en secreto se ayunaba y se preparaban las casas para el Sabbath con las candelas. Como medida de precaución, en nuestro hogar mi madre preparaba una cena de carne para festejarlo y otra de pescado, por si algún intruso llamaba a la puerta de manera repentina. Los festejos que tanto solían unir a la familia y a la comunidad acabaron por acortarse, así como las oraciones, en las que única palabra que aún figuraba en hebreo era Adonai, el nombre del Creador de todas las cosas. Esa lastimosa situación hizo que el Purim se convirtiera en nuestra fiesta más entrañable, pues conmemoraba la salvación de los judíos persas gracias a la reina Esther, quien había ocultado su identidad judía y sólo la reveló en el momento fue indispensable para salvar a su pueblo de la persecución. El Libro de Esther era nuestra esperanza: se veía como un manual para nuestra supervivencia, en donde se nos enseñaba incluso cómo negociar con los reyes.

Unos compadecidos y otros con un inexplicable gesto de rencor, nuestros amigos acabaron por darnos la espalda. Arrodillado frente al castaño, mi padre pasaba las horas muertas en el huerto, amasando un puñado de tierra que miraba y olía una y otra vez, moviendo continuamente la cabeza de derecha a izquierda. Mi madre, con los ojos humedecidos, me arropaba en su regazo pensativa, mientras lo miraba de reojo desde la ventana de la cocina. Estaba desconocido. Faltaban sólo unos días para mi Bar Mitzvá, que al cumplir los trece años me incorporaría de forma oficial a la comunidad, y en lugar de adiestrarme, rumiaba palabras incomprensibles, mientras negaba y negaba algo con la cabeza, golpeando con la minora todo lo que encontraba a su paso. Aquel candelabro de siete brazos parecía quitarle el sueño: unas veces lo escondía tras los mismos adobes donde guardaba sus ahorros, otras lo volvía a sacar y se lo arrimaba a la sien para colocarlo después, meditabundo, en el centro de la mesa de roble. Los hermanos Luis y Antonio Coronel, unos amigos míos que vivían en la casa colindante, me referieron el estado de ansiedad en que también se hallaban progenitores: su padre acababa de hacer arder su expléndida biblioteca acumulada por generaciones de estudiosos. Ante el gesto de incredulidad de sus hijos, tan sólo les explicó: “Mejor que ardan estos volúmenes, que no vuestro padre”. De poco había servido la ardua decisión de bautizarnos todos y soportar la vigilancia del clero segoviano, en lugar de padecer las penas del destierro. Al menos, a diferencia de otras familias menos agraciadas, contamos con la preciosa protección del obispo don Diego de Ribera, quien se había compadecido de nuestras desgracias. Mi padre había logrado curarlo de una grave enfermedad por la que otros físicos lo daban ya por deshauciado y, en recompensa, este obispo gordito y bonachón, se preocupó personalmente de evitar todo tipo de agravio para los nuestros. Don Diego fue en verdad nuestro padre protector, nuestro ángel de la guarda, como él mismo solía decir. Fue bajo su amparo y siguiendo su consejo como mis hermanos Melchor y Gaspar protegieron su bienestar por medio de la carrera eclesiástica. Aun así, mis padres, escarmentados con otros casos de traidores y soplones, lo acogieron su ayuda con prudencia y sin mucha confianza.

Pero pasemos ya adelante y digamos cómo un día en que me entretenía mirando por el ventanal el ajetreo de las gentes que iban y venían con miradas de complicidad o desafío, entendí a mi padre gritar: “¡Andrés!” Me volví a buscar con la mirada quién había entrado, pero sólo hallé el gesto anonadado de mi madre. “¡Andrés! ¡Ven aquí ahora mismo!” repitió mi padre decidido. Registré mis espaldas para ver a quién dirigía su mandato, pero o había un fantasma en la estancia o había perdido el juicio de tanto jugar con la arena del huerto junto al castaño. Fue así como se me acercó, puso su manaza sobre mi hombro y me explicó: “A partir de este momento eres Andrés Santamaría.” Como era común en aquellos días, mi madre rompió en lágrimas desgañitándose entre tirones de pelos. Avalanzándose, lo apartó de mí y me sentó entre sus piernas, acelerando así mi estado de profunda confusión.

“¡No! No me parece buena idea, Itshak” le replicó entre gemidos mientras se limpiaba la nariz con un pañuelo rojo. “¿No puedes encontrar algo menos manido? Ya hay tres familias en el barrio que han escogido ese apellido, que acabará por denunciarnos en lugar de exculparnos.” Piensa en cualquier otra voz castellana que no sea tan sospechosa. No sé, Naranjo, Calle, Mesa, Laguna...”

Y así fue como me nombró el sacerdote, entre latines, el día de los famosos bautismos en masa en el atrio de la catedral: Andrés Laguna. A mis padres no les ofendió el que no se celebrara el sacramento en el interior del templo, pues nada podía ya herir su susceptibilidad. Como nos fuéramos acercando a la pila, sentí el corazón de mamá latir de tal prisa, apuñalado por las miradas desconfiadas que nos seguirían misa tras misa por muchos años, que discurrí que iba a caer desmayada en cualquier instante. Jamás se me volvió a llamar Jacob hasta el momento en que mis conocimientos médicos dejaron de frenar el desgaste y la locura de mi sufrido padre. Aún no he sido capaz de perdonarme el empacho que sentí cuando delante de la reducida concurrencia, balbuceó con su último aliento ese “Jacob, Adonais esté contigo,” que pudo haber arruinado una carrera que empezaba a ser prometedora. Esas fueron las mismas palabras con que me bendijo el día en que por fin se celebró mi Bar Mitzvá, compartiendo la lectura del Pentateuco y de los Profetas, como había ordenado siglos había Ezra el Escriba. Agazapado en el sótano, un viejo rabino asustado me colocó las filacterias con versículos de la Torá en la frente y el brazo izquierdo, y me hizo recitar unos párrafos en hebreo. A pesar de mi corta edad, ya por aquel entoces tenía un buen dominio de la lengua, y recité con un tono decidido. Mi padre no mencionó una palabra y permaneció allí con una mirada desconcertada, colocándose obsesivamente el manto ritual que se había echado a la espalda. Después de esperar tantos años aquel día mágico, brindamos por la vida, “¡le-jaim!” y comimos sin ganas y a toda prisa las pastas que había preparado la mujer del rabino.

Unos años después del bautizo, volví a buscar en mi padre la explicación de un agravio que habíamos recibido mi amigo Antonio Pérez y yo en saliendo del colegio. Al pasar a nuestro costado, dos muchachos que nunca antes habíamos visto nos gritaron airados y soberbios: “¡apóstatas!” Al llegar a casa, solicité a mi abí que me revelara el significado de tan extraña voz. Con gesto sobrio, achicó los ojos mirando a la pared y procedió a distinguir entre las tres maneras de pecados contra la fe: “el de herejía”, me explicó, “que cometen aquellos cristianos que se apartan de la fe católica, como los luteranos y calvinistas; el de infidelidad, que cometen los que no habían sido bautizados, como los turcos o berberiscos; y el de apostasía, del que son culpables los bautizados que se apartan de su nueva fe, como los judaizantes y los moriscos”. Sin notar que en poco estaba aclarando mis dudas, continuó su perorata: “Dentro de la apostasía, la Iglesia distingue entre aquéllos que la cometen en lo exterior, como los desafiantes moriscos, que la pregonan en público, o los temerosos renegados, que se circuncidan a escondidas; los que apostatan en lo interior, sin que pueda verse marca alguna en su cuerpo ni ningún otro testimonio de ello; y los que...” el tercer tipo de apostasía que enumeró no se me acuerda, en parte porque en mi cabeza todavía estaba intentando comprender los dos primeros. Mas, como se me había enseñado de pequeño, continué cuestionando el agravio que acababa de recibir porque quería comprender. Entonces mi padre se puso muy serio y, en voz baja y al oído, dedujo que aquellos chicos debían de haber tenido noticia de que éramos conversos y sus padres debían de sospechar a escondidas seguimos judaizando.
“Y ¿judaízas padre?”, inquirí. Su semblante, entonces, se relajó y me mandó a jugar con la peonza al patio interior.

Por aquellas infaustas fechas se acusó también a unos vecinos nuestros de haber robado una hostia consagrada de la iglesia de San Esteban, la cual se disponían a quemar en la sinagoga que se encontraba a un tiro de ballesta de nuestro antiguo casón. Comentaban las habladurías que, momentos antes de que pudieran cometer el sacrilegio, el sagrado cuerpo de Cristo había escapado de entre sus manos y, aterrorizados, vieron cómo atravesaba las paredes de la sinagoga desquebrajándolas. Yo mismo vi la brecha desde el techo hasta el suelo que decían había franqueado en la pared. Y estos vecinos pertenecían a la misma familia que, una generación antes, habían sido condenados por despeñar a una niña cristiana que, al parecer, habían raptado e intentado obligar a que renegara de su fe. La niña andaba temerosa de que fueran a acabar con su vida para usar su sangre en una de sus perversas ceremonias religiosas, pero vio sorprendida cómo, sin más, la empujaban peñas abajo por el precipicio ante su obstinada negativa a abandonar la verdadera fe. Con ojos enlagrimados y consumida por una angustia que le cortaba la respiración, aseguraba que Simón y su hermano hubiesen dado fin de ella de no haber sido por la gloriosa intervención de dos ángeles de dorados bucles, que la habían bajado en volandas hasta el chorro de agua de manantial donde la habían encontrado amedrentada dos soldados de la Guardia Real.

Entre tanto, me partía el corazón ver sufrir así a mi padre, que cada día temía más por nuestras vidas, así que una mañana, sin poderlo resistir más, lo miré fijamente a los ojos y le dije tan sólo: “¿Por qué?” No hubo menester de más palabras. Cuando lo vi torcer la mirada hacia el suelo y quedarse en silencio un rato, tuve la extraña sensación de que llevaba años esperando aquella pregunta y meditando su respuesta: “Constantino”, respondió.

Sentado en su mecedora junto al hogar, trató de calmar mi expresión de extrañeza informándome con el mismo tono de voz con que, en momentos más felices, nos narraba cuentos a los Coronel y a mí. Mucho de lo que relató no me era nuevo, y él lo sabía, pero sí me sabía aderezado con otras especias. Y arrancose a hablarme de un inhóspito lugar llamado Judea, que no era, al parecer, sino una yerma tierra en los confines del Imperio romano: “En las dos primeras centurias de la era cristiana”, me aseguraba mi padre, “habían aparecido por allá numerosos hombres con poderes que decían ser el Mesías y que trataban de procurarse seguidores con sus milagros, que en aquella época no eran algo tan extraordinario como ahora. De entre aquellos rabinos milagreros surgió uno que hacíase llamar el Cristo y que tuvo la virtud de aparecer en el lugar y el tiempo más propicios. Cuando fue a parar a manos de un gobernador romano, Poncio Pilatos, éste se desentedió de él, y accedió a la petición popular de...” y, de pronto, levantó la voz de manera inusitada, "¡condenarlo al ritual romano de la crucifixión!"

De rodillas frente a mí, insistió presionándome las sienes entre sus manos aguerridas: “Escucha bien mis palabras, hijo, la crucifixión no formaba parte de los fueros judíos sino de los romanos.” Al ver su cara desencajada, comencé a arrepentirme de haber formulado mi pregunta. “Décadas después de su muerte”, continuó, “un hombre que se decía Pablo y que no había llegado a conocer a este nuevo mesías, comenzó propagar sus ideas de manera infatigable a lo largo y ancho del Imperio romano.”.
“Se apartó, entonces, de la tradición judía, que no era agresiva a la hora de conseguir nuevos fieles, ¿no es cierto?”

“Así es”, me respondió complacido. “Y Pablo llegó a convertir a numerosos soldados imperiales entre los que reinaba un profundo estado de confusión, pues veneraban al crucificado al mismo tiempo que adoraban a Júpiter, el dios guardián del espíritu de su Emperador”.

“¿Y así llegó el cristianismo a su punto álgido?” le pregunté.

“No hijo. Si bien la voz se fue propagando, pasaron tres siglos en que su recuerdo estuvo a punto de borrarse. Pero un día el eco de las prédicas de Pablo llegó hasta la corte de un poderoso emperador llamado Constantino, que acababa de eliminar a los que lo hacían sombra en el poder. Y se dice que en medio de una de sus campañas en la que estaba a punto de ser derrotado, contempló una luz cegadora en los cielos en la que se dibujaba un aspa con una pequeña P encima y oyó una voz que le dictaba: ‘Conquistarás bajo este signo.’”

“Entonces”, comenté, “si otro emperador se hubiese sentido atraído por el credo judío en lugar del heredero, nuestra historia habría sido muy distinta”.

“Sí, Constantino”, comentó melancólico. “Y en mi bienamada biblioteca que habías de heredar un día y que, siguiendo el consejo de Coronel, acabo de hacer pasto de las llamas, podrías haber averiguado que este emperador, prócer del cristianismo, no se hizo bautizar hasta momentos antes de su muerte y, no sólo siguió adorando a Júpiter, a Apolo y a las otras divinidades romanas, sino que su vida tampoco siguió en nada las sabios consejos de Cristo: feneció a su hijo por adúltero y ordenó que ahogaran a su esposa, por lo que su propia madre le demandó que construyese templos cristianos para redimirse de sus horribles pecados. Así hizo de la antigua Bizancio una nueva Roma que bautizó con el nombre de Constantinopla”.
Luego, mi padre agarró con fuerza la minora y, cuando se disponía a dejar la sala volvió a mi vera para interrumpir mi comentario “pero, abí, la apostasía es castigada...”

“Andrés, el mundo universo ha menester de visiones disparejas. Nunca permitas que el cristianismo ni ninguna otra fe de fin a nuestra cultura y nuestras tradiciones. Es lo único que nos queda. Lo llevamos escrito en el corazón y en el Libro.” Y esta vez sí que se fue, permitiendo que el aire volviese entrar a mis pulmones.

Como en las otras casas, el miedo entró en la nuestra para dominarlo todo. A mi padre no le quedó un cabello que arrancarse de las cejas y pestañas, lo que trajo alguna que otra mofa en el vecindario. “¡Maldita sea mi suerte!” maldecía. Para mayor desgracia perdió el apetito y, si de suyo ya era flaco, acabó tan esquelético que era cosa de espanto. Mi madre no daba con la manera de calmarlo y lo único conseguían sus lamentos era emperorar las cosas. A veces le acercaba el laúd para que se distrajera y pensara en otras cosas. Siempre había tenido un oído prodigioso para los acordes: si estaba de buenas era el alma de las reuniones familiares; en cambio, cuando algo le quitaba el sueño, el mero silvido de una nana o de uno de los aires milenarios que conocía podía partirle el corazón a los más alegres bufones de la Corte. Aquellos silvidos de dolor hacían derretirse a las candelas, hasta que un día mi madre llegó a sugerirle el abandono de aquella tierra maldita, porque, piensa en tus hijos, se nos estaban dando buena acogida en Navarra y en Lisboa, y hasta los turcos nos apreciaban más que estos condenados fanáticos. Acto seguido, la puerta de su dormitorio quedó cerrada por lo que su discusión no llegó a nuestros intrigados oídos. Lo cierto es que nunca más se habló de eso en casa. En cambio, mi padre decidió tomar cartas en el asunto para evitar de una vez por todas que ningún género de sospecha hiciera sombra sobre nuestro nombre. Así, hubo un momento en que mis hermanos y yo ya no podíamos comer un sólo chorizo más, ni una morcilla de arroz, ni un jamón curado, ni más orejas y morros de puerco. De igual modo, le dio por que dedicásemos los sábados a pasear no sé cuantas veces la Calle Real de arriba a abajo con las peores ropas que encontrábamos en el desván. A mis hermanos y a mí nos sacaba los colores andar con esas trazas en un día tan señalado. Más tarde, tuvo noticia de que en Burgos, un tal Sánchez del Pulgar, había dado fin de su fortuna y estaba decidido a vender su título nobiliario. El malgasto sus ahorros en la compra de ese documento no sirvió sino para atraer más burlas al descubrirse que el tal marqués no era marqués y que, con la complacencia de los alguaciles locales, se dedicaba a vaciar las arcas de los advenedizos cristianos nuevos que trataban de comprar el respeto ajeno. Testarudo como era, consiguió hacerse por fin con el deseado título. Por fortuna, no nos enteramos de que aquél también era falso hasta después de su fallecimiento. Los pocos maravedíes que le quedaron tras sus aventuras con la nobleza, los empleó en puntuales donaciones y diezmos que entregaba al obispado para la construcción de una enorme catedral junto a nuestro barrio, que decían iba a construir Juan Gil de Hontanón, el mismo masón que trabajaba en la de Salamanca. En reconocimiento a su generosidad, años después se me permitió visitar la biblioteca catedralicia que había fundado el converso don Juan Arias Dávila, en donde me perdí absorto por tamaña cantidad de volúmenes y por la belleza del Sinodal de Segovia, el primer libro impreso en este reino, repleto de polvo y archivado en el olvido tras el sínodo celebrado en Aguilafuente. Me sorprendió, también, ver en tan sagrado lugar una copia de la traducción del Alcorán del árabe al castellano, publicada en 1456 por un erudito mudéjar llamado Yça ibn Jabir, alfaqui de Segovia.

Las miradas de rencor y los escupitajos que dirigían a nuestros pies a la entrada de la iglesia de San Miguel, nunca frenaron el impulso irrefrenable de mi padre de ir cada día a misa y dos veces, mañana y tarde, en las fiestas de guardar. De primero nos aterraba entrar en esos enormes templos llenos de figuras ensangrentadas y dolientes, de desnudos atravesados por flechas, mujeres que llevaban sus propios ojos en una bandeja, desnudos crucificados, boca arriba, boca abajo, en aspa. Yo sentía que todos los ojos de los óleos me miraban a mí. Observaba los pequeños cuadros que representaban el via crucis y me veía retratado en aquellos salvajes hechos parvas de odio que denostaban y abofeteaban a Nuestro Señor, camino del calvario. Como decía el maestro en la escuela, los judíos eran los responsables de la crucifixión de Cristo Jesús, y no los romanos como me tenía dicho papá en la época en que yo seguía pensando en Jesús como un judío extravagante. Me negaba a mirar directamente un cuadro que tenía en su centro una imagen de Dios. Las enseñanzas que hasta entonces había rescibido me prevenían contra el peligro de idolatría que suponía adorar imágenes. De hecho, me costó años acostumbrarme a mirar sin miedo al Pantocrator. Íbamos a las primeras horas de la mañana y nos sentábamos en lo más lóbrego del último banco. “Sursum corda,” pronunciaba el sacerdote con voz de ultratumba, y ya empezaban a temblarme las rodillas. Apenas levantábamos la mirada desde que salíamos de casa con las mejores prendas, hasta que nos tornábamos aliviados.

Mas la actitud de mi padre se transformó al tornarse del Camino de Santiago y de su peregrinación a Roma. Sus eternos sueños de rezar un día en el muro de las lamentaciones, el Kotel Hamaraví, habían tomado nuevos y más cercanos derroteros. Le impresionó tanto la solidaridad con que lo acogieron en los momentos más delirantes de su nueva faceta de caminante desdichado y confundido, que se prometió repetir la experiencia, bien que no tuviese ni para comer. Varias veces lo socorrieron al borde de la inanición y del congelamiento, para proporcionarle ánimos, abrigo y alimentos, junto con los otros peregrinos que debían de reunir todas las hablas de la Tierra. Regresó con mucha menos carne y con unas ojeras que compensaba con el entusiasmo con que compartía con nosotros relatos fantásticos de paredes de iglesia construidas con cráneos humanos, y de las catacumbas donde los primeros cristianos tuvieron que refugiarse como si hubiesen sido judíos. Mi pobre madre vació la despensa por que recuperase las carnes, pero ya sólo vivía para contar sus recuerdos de cadáveres incorruptos y recuerdos de las reliquias más insospechadas, que pronto habría de presenciar con mis propios ojos. Fue entonces cuando papá cambió de parescer y decidió concurrir a la hora de mayor afluencia de fieles. Llegábamos siempre los primeros para sentarnos en las primeras filas, donde esperábamos una hora eterna arrodillados y con la nariz entre las palmas. Era tal el silencio de mis padres que nunca me atreví a preguntarles qué cosa era lo que les parescía que olía tan mal. Luego, exhibían orgullosos las marcas en mis rodillas a las pocas personas que con el paso del tiempo se dignaron a saludarnos sin miedo a represalias. Yo prefería sentarme atrás, en los últimos bancos, como habíamos hecho hasta entonces, pues las terribles descripciones del infierno con que el sacerdote nos amenazaba desde el púlpito me dejaban aterrorizado y lleno de remordimientos. Las pesadillas sobre las llamas y demonios se multiplicaron a partir de entonces. La culpabilidad que sentí ante la idea del pecado original fue algo completamente nuevo para mí, que antes de esos sermones nunca se me había pasado por la imaginación.
Han pasado muchos años desde aquellas andanzas. Hoy judaízo sin miedo a las llamas. Una mañana de abril decidí que mejor era dormir con la conciencia tranquila, pasear con la cabeza bien alta y poderme mirar sin asco al espejo, que vivir la vida que otros habían fabricado para mí.



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