jueves, 1 de marzo de 2012

Cipango. Tomás Harris

               Reseña publicada en Chasqui 40.1 (May 2011): 229-30



Ignacio López-Calvo

University of California, Merced



Cipango. Tomás Harris. Trans. Daniel Shapiro. Lewisburg: Bucknell University Press, 2010. 321 pp. 

A ver el título del poemario del chileno Tomás Harris (La Serena, 1956-), Cipango, es posible que el lector espere encontrarse con versos decorados con japonesismos orientalistas. Sin embargo, nada más lejos del exotismo estereotípico que esta colección de poemas desgarrados que el autor divide en cinco partes: Zonas de peligro, Diario de navegación, El último viaje y Cipango. En realidad, estos poemas (que también podrían leerse como un largo poema) usan como título el nombre que los europeos, desde tiempos de Marco Polo, le dieron al Japón para hacer una referencia irónica al error histórico de Cristóbal Colón, quien confundió la isla de La Hispaniola con el país del sol naciente. Con frecuentes vaivenes espaciales y temporales que nos llevan en un mismo poema desde la conquista española de las Américas (por medio de referencias históricas y vocabulario arcaico) hasta el Chile de los años 80 bajo la dictadura de Augusto Pinochet, pasando por la Tebas griega y el Estados Unidos de la época de la prohibición y del Harlem Renaissance, Harris recurre a lo que ya casi se ha convertido en un lugar común tanto en las letras latinoamericanas como en las chicanas: establecer una relación de continuidad entre las injusticias y la opresión del indígena durante el período de la conquista y los abusos contra los derechos humanos cometidos en décadas recientes. Tenemos un claro ejemplo de este recurso en “Mar de ceniza”, cuyos seis primeros versos usan el lenguaje arcaico de las crónicas de la conquista para pasar después a las sirenas policiales, los tanques y los helicópteros. El contexto histórico de la conquista contribuye, asimismo, a dotar de un aura mítica y legendaria a la tragedia nacional. El tono recuerda en ocasiones a La araucana (1569, 1578 y 1589), de Alonso de Ercilla, poema épico que, de hecho, se menciona en el Cipango. El mismo Cristóbal Colón es quien habla y se mofa de sí mismo llamándose “Virrey de la Nada” y “bufón de la Corte de los Milagros” en los poemas “Los sentidos del deseo”, “Los sentidos de la limosna” y “Finis Terrae”. Sin embargo, en algunos poemas es otra voz poética la que se dirige a Colón o a Gengis Kan.
Harris recurre a un lenguaje hipnótico y alucinatorio repleto de palabras que se repiten obsesivamente (baldío, barro, peligro, putas, fantasmas, baba, semen, sangre, semáforos, neón) para evocar el horror de la dictadura. En algunos poemas se incluyen, además, veladas referencias a las torturas y desapariciones que quedaron impunes durante la dictadura pinochetista. Desde imágenes con dejes surrealistas (caballos amarillos, ratas azules, soles cubiertos por celofán rojo) hasta un lenguaje conversacional, coloquial e incluso a veces soez, los versos se convierten en una cascada de alusiones al desamparo del individuo en la ciudad moderna. Las descripciones de la vida nocturna en antros de mala muerte como el Yugo Bar o la Boite Tropicana, en burdeles con prostitutas desamparadas como el Hotel King, en calles fantasmagóricas a causa del toque de queda, en callampas y barrios bajos marcados por el miedo, y en salas de tortura (en varias de las secciones que llevan el título de “Orompello” y en los poemas, “Los cuerpos sobre el muro”, “Mar del dolorido sentir” y “Como el Can tiene una guardia de doce mil caballeros”) deja inevitablemente un sabor a muerte y a desidia en el lector. Los versos que cierran este último poema, por ejemplo, permiten que el torturado hable directamente: “una mano del mismo material de las sombras / me metió un chocolate en la boca, uno más, / porque yo no comía hacía días”.

El cuerpo, humillado y degradado, se convierte en texto donde quedan para la posteridad las huellas de las atrocidades cometidas por el terrorismo de estado, como vemos en los primeros versos de “Los cuerpos sobre el muro”: “Sobre la pared encalada, proyectaban por la / noche un cuerpo hecho trazos, a rayas, configuraciones, desmembradas de pintura o carbón”; o en los que abren “Mar del dolorido sentir”: “Me cosieron la boca y los ojos / me inocularon coca cola por las venas”. Entre los muertos y desaparecidos aparecen prostitutas pálidas y prisioneras sodomizadas, según se observa en “Orompello II”, “Orompello III” y “Orompello IV” (como explican las notas al final del libro, Orompello es la calle principal del barrio donde se daba la prostitución en Concepción en los años 80). Incluso las referencias al río Bío Bío a su paso por Concepción (“La ciudad más triste del mundo”, se asegura en “Tebas”) evocan la horrible visión de muertos flotantes durante la dictadura y a un mundo apocalíptico en el que la vida humana ha dejado de tener ningún valor: “apilaban los cadáveres en las calles”, se afirma en “Museo de cera”. En esto han acabado los sueños utópicos de Colón y otros conquistadores y misioneros que llegaron con él, parece indicarnos Harris en los dos primeros versos de “Bahía de la sequedad”: “He aquí tu herencia, Almirante: / vastos ejércitos de oligofrénicos y desalmados”. El transcendental viaje de Colón ha acabado, siglos después, en un golpe de estado sangriento en un país situado al fin del mundo (“Finis Terrae”, como sugiere el título de uno de los poemas), pero ahora no son ya sólo los indígenas sino todos los ciudadanos los que han quedado atrapados por el yugo, como sugiere el nombre de uno de los bares que se mencionan en el libro.

Las ciudades, a veces personificadas, se convierten en campos de exterminio, como indica el poema que abre la colección, glaciares, teatros del dolor, pantallas del miedo, burbujas de sangre, círculos de sal y fosas comunes. El pasado de los tiempos de la conquista y el presente de los años 80 en un Chile sin libertad se funden en un desamparo colectivo, dominado por el miedo y la angustia; la gran incógnita sigue siendo el futuro, pero a las “mariposas nocturnas negras” del poema “Poiesis de la vida mejor”, que se preguntan “Y después de todo esto?”, todavía les queda la esperanza.

Este mundo tenebroso se enriquece con intertextualidades tanto con textos literarios de múltiples autores (incluyendo a Colón, Marco Polo, Quevedo, Cervantes, Nerval, Baudelaire, Carpentier, Genet, Bram Stoker) y pintores (Goya, Toulouse Lautrec) como con películas y la música popular. Por el mismo camino, las referencias irónicas a títulos de películas (Little Murders), novelas (El siglo de las luces), nombres de bares (Yugo Bar), de barrios (La Libertad), de barcos (Rights of Man), de grupos musicales (Los prisioneros), frases famosas de dibujos animados norteamericanos (“I have the power”) e incluso períodos históricos (La época de la prohibición en Estados Unidos) hacen todas alusiones veladas a las violaciones de los derechos humanos cometidas por Pinochet y sus esbirros.

Para concluir, esta edición bilingüe, añade a los poemas originales de la primera edición de 1992 la excelente traducción que Daniel Shapiro llevó a cabo en 2008. Incluye, además, una bibliografía selecta de los textos de Harris y unas notas que explican las muchas referencias históricas y culturales que aparecen en los poemas, así como el contexto sociopolítico del Chile dictatorial de la década de 1980. Si se ha de poner alguna pega a esta hermosa edición, es la existencia de algún que otro error tipográfico y de acentuación en la versión original en castellano.

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2 comentarios:

prospero dijo...

Estimado Ignacio: me ha sorprendido muy gratamente tu reseña de "Cipango" en la traducción de Daniel Shapiro. Agradezco tus palabras, tu lectura tan atenta e interesada del libro y te envío mis más sinceras felicitaciones por tu sitio "bardulia"

Tomás harris

. dijo...

Me alegro de que te haya gustado, Tomás. Un cordial saludo, Ignacio