viernes, 21 de noviembre de 2008

La justicia es ciega (en el mal sentido de la palabra)

Palabras clave: racismo, inmigración, justicia española, xenofobia
Por Ignacio López-Calvo
Publicado en El Adelantado de Segovia




“El racismo es el esnobismo de los pobres” (Raymond Aron)

No es ya ningún secreto para nadie el hecho de que con la llegada masiva de emigrantes, la intolerancia está creciendo peligrosamente en España. Para las comunidades magrebí y musulmana, la situación es especialmente adversa desde el 11-M. Cerca de cuatrocientas páginas web en castellano, asegura el Movimiento Contra la Intolerancia, alientan y hacen apología de la xenofobia y el racismo. Esta misma organización llevó a cabo hace poco una encuesta con la que se descubrió que entre un 15 y un 20% de los jóvenes españoles “echarían a los judíos de España”. Si tenemos en cuenta que el número de judíos en España es, desde hace medio milenio, diminuto, la cosa no puede dejar de poner los pelos de punta.

Cuando la directiva de El Adelantado nos pidió hace un tiempo a algunos “segovianos de fuera” que les enviáramos nuestras impresiones, yo me imaginé que muchos de los escritos irían impregnados de nostalgia. Sin embargo, por muchos buenos recuerdos que pueda tener uno, cada día parece más obvio que hoy en día existe otra España que ya no se puede añorar; una España que puede helarte el corazón, como decía Machado. Sin ir más lejos, el pasado 10 de febrero un economista congoleño de 42 años, Miwa Buene Monake, quedó tetraplégico por una agresión racista en plena calle. Como bien se sabe, los agentes de Alcalá de Henares que lo recogieron del suelo describieron sus lesiones como “leves”. Ochos meses después, el pobre sigue esperando a que se condene al culpable, Roberto Alonso de Varga, que sigue en libertad y sin fianza. Sin comentarios.

Por si esto fuera poco, hace unos días a algunos se nos cayó la cara de vergüenza al ver a un joven (borracho o no, neonazi o no) insultar a una menor ecuatoriana, tocarle un pecho e incluso propinarle una patada salvaje en la cara.



Y sí, una vez más, el tal sujeto sigue tan campante en la calle y tratando de medio justificar su falta de cerebro con la absurda excusa de que estaba borracho y “se le fue la olla.” En las imágenes grabadas por la cámara de vigilancia del metro, se puede observar a otro joven que mira impasible hacia otro lado mientras golpean a la chica. Tan sólo una vez que el agresor sale del vagón, se digna a informarla (todo ello sin moverse del asiento) de que todo ha quedado grabado en la cámara. Sin comentarios.

Uno, desde fuera, no puede evitar preguntarse dónde está la justicia, o cuánto va a tardar en llegar, o si de ciega que puede ser a veces la justicia, debería ponerse a vender cupones. Y nos preguntamos otras cosas. ¿Qué se puede hacer para frenar de alguna manera esta peligrosa tendencia entre la juventud de nuestro país? A mi juicio, estas aberraciones nacen con pequeñas cosas que pueden a veces parecer insignificantes: un chistecito racista por aquí, un comentario xenófobo por allá, un seleccionador nacional de fútbol (que, por su oficio, nos representa a todos) que hace un comentario racista contra un jugador negro y jamás es sancionado por ello… En fin, que, como aseguraba Gandhi, en la diferencia entre lo que hacemos y lo que podríamos llegar a hacer está la solución a la mayoría de los problemas del mundo. Habría que empezar, por tanto, por ejercer más prudencia tanto con lo que hacemos como con lo que decimos.

Paradójicamente, en uno de los diarios en que se han condenado estos actos barbáricos, El País, se publicó el pasado 12 de julio una viñeta humorística que adolecía de un inequívoco tufillo a xenofobia trasnochada, y que de ninguna manera debería tener cabida en el siglo XXI. Me refiero a la caricatura que publicó Romeu de un chino con la estereotípica coleta, los ojos exageradamente rasgados y hablando con la también estereotípica mezcla de los sonidos /l/ y /r/. Francamente, no creo que la ansiedad que pueda provocar la expansión comercial china o la exportación de comida adulterada deba servir de excusa para tamaño ejercicio en falta de tacto. ¿O no se acuerda el señor Romeu de lo efectivas que fueron este mismo tipo de caricaturas en estrategias propagandísticas antisemitas como las de Los protocolos de los sabios Sión? ¿Hace falta recordarle el efecto que ha tenido a lo largo de la historia la racialización ofensiva (por mucho que venga camuflada de humor y caricatura) de grupos étnicos minoritarios, ya sea de judíos en Alemania o de afroamericanos, hispanos, indios y asiáticos en Estados Unidos? Cuando mandé una queja a la sección de opinión del citado periódico, la respuesta que se me dio fue que había demasiadas cartas y no podían publicarlas todas. Sí, claro, pero para publicar una queja sobre el precio del pienso (como la que aparece hoy día, 27 de octubre), les sobra espacio… Sin comentarios.

Para no aburrir más de la cuenta, cabe sólo añadir que no se trata de ser demasiado “políticamente correcto”, como quizá más de un lector ande pensando, sino simplemente de tener un pelín más de sentido común: quizá mirando a la historia (la nuestra y la de otros países) se puedan prevenir los graves errores del pasado. Como dice el proverbio chino (sí, del mismo pueblo con 5000 años de historia que fue caricaturizado por Romeu), hasta el camino más largo empieza con un solo paso.

El problema es que esto puede aplicarse tanto para lo bueno como para lo malo.



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